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Desde los Mares del Sur | por Pedro Montero de Frutos
foto Hay veces que para apreciar algo con nitidez debemos hacerlo desde una cierta distancia. Fiji está lo suficientemente lejos de cualquier otro sitio como para que haga que nos podamos contemplar a nosotros mismos, a nuestra sociedad y nuestra cultura sin complejos."
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martes, 8 de noviembre de 2016

Imaginemos por un momento que un país Europeo, o de cualquier parte del mundo, se encontrara con la situación de que en poco más de cien años recibiera un número de inmigrantes prácticamente sin recursos escapando de la miseria de su país de origen, y que éstos llegaran a contabilizar el 45% de la población del país acogedor. Y que además pasado el tiempo terminaran ostantando la propiedad de más del 90% de los negocios del país.

¿Alguien se atrevería a suponer que bajo estos supuestos la población autóctona y la inmigrante podrían convivir en paz y armonía?. Ni en nuestros sueños más optimistas, y no tenemos más que observar lo que la vieja Europa está haciendo  con los refugiados e inmigrantes que recibimos o lo que ocurre con la práctica totalidad de los países que necesitan mano de obra barata para realizar los trabajos que la población local no desea realizar. Me temo que no tenemos mucho espacio para la esperanza.

Pero Fiji es un pequeño lugar en el que la utopía es posible.

A finales del siglo XIX, los británicos que entonces administraban Fiji, comenzaron a llevar a Fiji miles de trabajadores desde la India en condiciones de semi esclavitud, en muchos casos engañados, para trabajar en las plantaciones de caña de azúcar. Casi todos ellos terminaron asentándose permanente en Fiji y durante generaciones han seguido cultivando los terrenos mediante contratos de arrendamiento renovables con duraciones de hasta 99 años, y han prosperado en los  negocios que han iniciado gracias a su carácter emprendedor y a su capacidad de sacrificio.

En contraste, la población autóctona fijiana siempre ha preferido un estilo de vida totalmente diferente, entendiendo el trabajo como el medio que les permite llevar una vida sencilla y placentera dedicada a la familia, a los amigos y al pleno disfrute de cada día.

¿Como es posible entonces que se puedan compaginar ambos estilos de vida?. Sin duda son muchos los factores que lo permiten, comenzando por el carácter acogedor y tolerante de los fijianos, pero hay un elemento que resulta fundamental y no es otro que el carácter comunitario del territorio Fijiano.

En Fiji el 87% de la tierra no se puede comprar ni vender, ni siquiera a los Fijianos, porque pertenecen a las comunidades que lo habitan, y solo un 13% del territorio está en manos privadas por haberse adquirido antes de la independencia del país. De este modo, los agricultores pueden cultivar sus tierras durante decenios mediante arrendamientos sin que ostenten un título de propiedad y las comunidades locales disponen de sus tierras para poder seguir llevando su estilo de vida.

El resultado es que actualmente hablamos de un solo pueblo, orgulloso de su pais, compuesto por fijianos autóctonos, indo fijianos y muchas otras etnias que conviven en paz respetándose mutuamente.

Son muchas las culturas exterminadas que entendían que los seres humanos pertenecemos a la Tierra y no al revés. Afortunadamente Fiji es un país que nunca ha sido conquistado. Esperemos que  ni siquiera los mercados lo consigan.

miércoles, 13 de julio de 2016

Hoy día en Migueláñez, mi pueblo, no hay más negocio público que un bar que apenas genera ganancias para sustentar a una familia. Pero el panorama no siempre fue tan desolador, porque me cuenta mi madre que hace tan solo unas décadas la actividad económica del pueblo era muy diferente.

Migueláñez llegó a contar con tres escuelas, cura, sacristán, médico, practicante, veterinario, cartero, un cine y dos salones de baile, dos carnicerías, tres tiendas de ultramarinos, cuatro comercios de telas, una tejera de ladrillos y tejas, dos serrerías, dos fábricas de chocolate, un molino, una posada, una pastelería, cinco bares, tres panaderías, una mercería, cuatro cacharrerías y ferreterías, una pescadería, dos carnicerías, cuatro lecherías, un zapatero, dos peluqueros, dos albarderos, dos modistas, un sastre, un carpintero, un guarda forestal, dos sastres, un herrero, tres exportadores de cereales, además de esquiladores, artesanos queseros, albañiles, peones camineros, pastores y agricultores. Todo el pueblo formaba parte en mayor o menor medida del tejido productivo y comercial, y su beneficio recaía directamente en la vecindad porque la mayor parte del presupuesto de una familia corriente se gastaba en el propio pueblo, lo que concedía a la comunidad un elevado grado de autonomía financiera.

Actualmente asumimos resignados nuestra nueva situación como si siempre hubiera sido así y fuera inevitable, lo que nos sitúa ante un futuro cuando menos incierto. Ahora, tanto para trabajar como para realizar las compras ordinarias hay que desplazarse a la Capital, que es ese lugar donde nuestros gobernantes desearían que residiéramos todos los ciudadanos para “optimizar los recursos” de la Administración Pública.

En Fiji la situación es mucho más esperanzadora, no porque hayan puesto en marcha un plan de dinamización rural sino porque no han abandonado el sistema tradicional que compartíamos con ellos, que además de los obvios beneficios económicos, facilita la solidaridad, la colaboración comunitaria y la sostenibilidad, además de generar sinergias y reducir el aislamiento social. Globalización y competitividad son conceptos que de momento no condicionan el modo de vida que les lleva a ser uno de los países más felices del mundo.

Es una lástima que nos cueste tanto reconocer que hemos escogido un camino equivocado, en este asunto también.

 

viernes, 10 de abril de 2015

Visitando la isla sur de Nueva Zelanda coincidimos un buen día con una familia Australiana con la que compartimos un par de jornadas. El padre era profesor de Artes Aplicadas en la Universidad Charles Darwing de Alice Springs y como casi siempre ocurre entre los que estamos fuera de casa, estuvimos buenos ratos charlando sobre nuestros lugares de procedencia. La experiencia me dice que si un extranjero cualquiera conoce algún dato sobre Segovia, con mucha probabilidad estará relacionado con el acueducto, pero me quedé de piedra cuando en vez de alabar el magnífico monumento romano me preguntó si la Segovia de la que hablaba era la misma en la que había nacido Esteban Vicente, uno de los grandes del expresionismo abstracto. Aunque él estaba mucho más informado que yo, pudimos hablar un buen rato sobre el artista, especialmente sobre al amor que siempre profesó hacia su tierra aunque habiera pasado gran parte de su vida en Nueva York. Fue entonces cuando comencé a presumir del Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente en Segovia, y este profesor australiano ratificó mi orgullo y me ayudó a comprender la importancia de su impacto en la vida cultural de una pequeña ciudad como es Segovia.

La existencia de este museo y sus actividades culturales nos convierten a los segovianos en ciudadanos afortunados, pero hoy día, este mismo mes, sus exposiciones, colecciones, talleres para niños y adultos y demás eventos corren el peligro de desaparecer. No conozco en profundidad los problemas que amenazan su existencia, económicos por supuesto, pero lo que sí que sé es que su supervivencia depende de la voluntad por una parte de las personas que gestionan la Fundación Esteban Vicente, y por otra de las que representan a nuestras instituciones, locales, provinciales y autonómicas.

Y es en este momento cuando los ciudadanos debemos hacer oir nuestra voz para que nuestros representantes políticos sean conscientes de que este Museo es muy importante para nosotros, para nuestros hijos y para la ciudad en su conjunto, y que por lo tanto deberían emplearse a fondo haciendo todo lo que esté en sus manos para evitar su cierre. Señoras y señores políticos, ya sean del Ayuntamiento, de la Diputación o de la JcyL, recuerden que estamos en periodo electoral y que los ciudadanos estaremos encantados de aplaudir a todo aquel que contribuya a garantizar la continuidad del museo y sus actividades culturales. Tomen nota por favor.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Corría el año 1942, en plena II Guerra Mundial, y el ejército japonés avanzaba imparable por todo el Pacífico. Hacia el sur habían llegado hasta las Islas Salomón, y en Australia sentían su proximidad con sudores fríos. El siguiente paso hacia el sur eran las Nuevas Hébridas, hoy Vanuatu. Es esos años, estas islas estaban “administradas” por un condominio anglo-francés, y los estadounidenses decidieron instalar en ellas la mayor base militar del Pácífico tras Hawaii. El motivo era simple: su aviación podía llegar desde allí al infierno de Guadalcanal, en las Islas Salomón, donde los aliados intentaban detener el implacable avance japonés bombardeándoles y enviando miles de soldados a combatir en aquella terrible carnicería.

Los norteamericanos llegaron sin previo aviso a la isla de Espiritu Santo; cientos de barcos de guerra apareciendo súbitamente una mañana frente a su capital, Luganville, en un despliegue colosal, muy a la americana. La operación se planificó con tal secreto que muchos de los 300 habitantes de Luganville huyeron a las montañas pensando que eran los japoneses los que llegaban.

Se construyeron 2 aeródromos, carreteras y puertos, y la pequeña aldea de Luganville pasó a albergar 100.000 soldados, unos 27 cines, multitud de bares con un suministro ilimitado de alcohol y toda la infraestructura de una inmensa maquinaria de guerra.

Cuando acabó la guerra, los soldados regresaron a casa y el ejército norteamericano se dio cuenta de que no le compensaba repatriar gran parte del material desplegado, tales como grúas, vehículos y maquinaria diversa, y se lo ofrecieron a los terratenientes franceses y británicos por un precio simbólico (7 centavos por dólar). Pero estos últimos, creyéndose los más listos del barrio y sabiendo que los norteamericanos lo iban a dejar de todas maneras allí, no aceptaron la oferta. Los norteamericanos decidieron entonces arrojar con bulldozers al mar todo este material en un punto en las afueras de Luganville que pasó a llamarse “Million Dollar Point” por motivos obvios.

Hoy día es un paraíso mundial del buceo y una muestra palpable del modo de funcionar de las potencias occidentales. Los nativos todavía hoy no pueden comprender éste modo de proceder, esa dignidad mal entendida por ambas partes, esa avaricia, esa soberbia. ¿Por qué simplemente no dejaron ese material a la población local?. Hubiera sido una buena compensación por haber sido “invadidos” por las fuerzas norteamericanas, por haberlos recibido amablemente, por haber asumido estoicamente su situación trabajando incluso para ellos. Entonces se dieron cuenta de que en realidad ellos no eran nadie para las potencias occidentales, no tenían ni siquiera voz sobre su propia tierra. Décadas después, en 1980 Vanuatu alcanzó la independencia pudiendo entonces recobrar sus tierras, sus costumbres y sobre todo, su dignidad.

Aquí en España, se discute sobre la responsabilidad que cada cual debería asumir acerca de la presente crisis, pero nadie osa discutir sobre quien la está sufriendo más. La estamos pagando los ciudadanos, pese a que no la hemos creado y que no nos hemos lucrado con ella. No hemos podido decidir, ni siquiera han decidido quienes resultaron elegidos en las urnas; ha sido un ente denominado “troika” quien ha tomado todas esas decisiones que nos han traído a esta situación. Tenemos hoy en día la misma sensación que tenían entonces los nativos de Vanuatu: nos utilizan mientras les somos útiles pero el resto del tiempo no importamos, no existimos para ellos. Nos cortejan e intentan seducir cada 4 años hasta que depositamos la papeleta en la urna. A partir de ese momento vuelven a ignorarnos y abusar de nosotros hasta la siguiente cita electoral.

Pero hoy hay algo diferente, porque ahora los ciudadanos de este país vuelven a sentirse poderosos con una papeleta electoral en la mano: están recuperado la dignidad democrática y dejando a un lado la frustración. Y cuando sonriendo introduzcan esa papeleta en la urna sentirán el miedo de quienes han estado ignorándoles durante décadas. Es el miedo de quienes se les ha acabado el chollo, de quienes no podrán volver a abusar de los ciudadanos nunca más.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Nakabuta es un pequeño pueblo fijiano al sur de Viti Levu, la isla principal del país. Esta aldea tiene la particularidad de que es una de las pocas que elaboran algún tipo de cerámica en Fiji, siendo herederos del pueblo Lapita, que hace miles de años desembarcó en la zona aportando entre otras artes una cerámica bastante refinada.

Las mujeres de Nakabuta son las que trabajan el barro mientras los hombres se dedican a otras labores, principalmente agrícolas. Ellas muestran a los kaivalagi (forasteros no fijianos) que se acercan al lugar su técnica alfarera, modelando sin torno, aplicando una resina como esmalte y cociendo en hornos abiertos a baja temperatura.

Después, en el bure comunitario las mujeres extienden una tela y orgullosas exponen su obra. El resultado de todas las ventas individuales va a parar íntegramente a un fondo común, con independencia de quien haya vendido más o menos ese día. Son las mujeres las que con su carácter valiente e innovador han sabido encontrar una fuente de ingresos alternativa, compatibilizando de modo sostenible la tradición alfarera y los nuevos tiempos cargados de turistas.

Tuve hace mucho tiempo la suerte de que el gran alfarero, escritor, sociólogo, fabulador, humanista y espíritu inquieto que es Ignacio Sanz me enseñara el oficio y arte del barro. Me enseñó a hacer cacharros de barro, pero también me enseñó a valorar mis raíces, a ser solidario y también a ser valiente para elegir mi camino. Por ello sé que se sentiría complacido viendo como una comunidad puede tener éxito basándose en su conocimiento ancestral, haciendo simplemente lo que han sabido hacer desde muchas generaciones atrás.

Hoy nuestro deslumbrante primer mundo nos pide a los ciudadanos que compitamos entre nosotros y con todo el orbe para tener éxito y poder sobrevivir en este globalizado universo. Debemos ser más organizados que los alemanes, más pacientes que los japoneses, más imaginativos que los italianos y más trabajadores que los chinos. Así que estamos abocados a tener menos derechos, a trabajar más y cobrar menos, mientras 6 millones de compatriotas parados observan "envidiosos" nuestra supuesta fortuna.

Bien sabemos que nuestros gobernantes actúan como esbirros de los mercados, pero todavía nos sorprende su indignante falta de imaginación y escrúpulos que les impide identificar y potenciar nuestros puntos fuertes, que son muchos, aprovechando por ejemplo el conocimiento atesorado durante siglos y trasmitido de generación en generación. Pero claro, esto no es atractivo para los mercados y por lo tanto no interesa.

A mi me gustaría hacer las cosas como en Nakabuta, sin competir con mis familiares, amigos y vecinos, cooperando juntos persiguiendo un fin común que nos traiga a todos prosperidad y felicidad, respetando y venerando a nuestros mayores que tienen la deferencia y responsabilidad de transmitirnos el conocimiento y las herramientas necesarias para conseguir tener un futuro digno y sostenible. Y no pierdo la esperanza, porque hace solo un puñado de años aquí también las cosas se hacían así.

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