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Conexión Campo Grande | por Teresa Sanz Nieto
foto Vine a Valladolid como de paso y llevo ya casi veinte años. Es ya la tierra de mis hijos, así que también es la mía. En este blog me gustaría averiguar por qué los kilómetros que separan Valladolid de Segovia se hacen el doble de largos que los que hay de Segovia a Madrid, aunque la distancia sea parecida.
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miércoles, 26 de agosto de 2015
Las puertas de la biblioteca están, como siempre, abiertas. Pero da igual. Hace semanas que está en cuarentena, como los suelos recién fregados, como los bancos que acaban de pintar. Nadie para por allí, aunque las estanterías están repletas de libros, los habituales más los que solían estar en las casas de los lectores. Nadie lee una página, y nadie lo hará ya, al menos en esta biblioteca. Porque una biblioteca no son solo los volúmenes, no son solo los trabajadores, ni siquiera son sus socios. Trasplanta a todos ellos a otra tierra y seguirán vivos, los niños crecerán y los mayores seguiremos insatisfechos. Pero retén el orden de los géneros en los vasares, memoriza las escaleras de madera, registra cómo crea sombras sobre los libros la luz que entra por la ventana enrejada, acuérdate de la lagartija campando a sus anchas por el patio mientras hacías cola para sacar pelis de Disney porque eso ya no estará, se esfumará como tantas cosas que pensábamos que nos acompañarían siempre.
El nuevo edificio será grande y útil; espero que cobije a nuevos lectores, que se preguntarán cómo es posible llevarte a casa tanto por tan poco. No te piden ni un céntimo, solo una tarjeta con tu nombre escrito. Habrá salas luminosas, sillas ergonómicas y mesas de diseño, cierto; también rampas y ascensores para los que no pueden caminar, y eso es de justicia. Sé que el milagro de la biblioteca no cambia, da igual que clasifiquen los libros con tarjetas escritas a mano, códigos de barras o rastreando el ADN. Es lo que tienen los milagros: que te pueden maravillar o importarte un pito. Algunos pensarán que si hay 200 novelas y 200 personas lo mejor es que cada uno se lleve una a su casa, para que la proteja bajo cuatro candados. Pienso justo lo contrario, que aun habiendo un solo libro mejor sería compartirlo entre doscientos. Y aún podríamos invitar a más gente a compartir nuestra historia.
En fin, que cierran la biblioteca y ponen otra, pero permítanme los futuros inaugurantes añorar lo que se entierra. Oigo que están purgando los libros, retirando no solo y como es habitual a los que están en mal estado, sino también a los que apenas se leen, salvo que pese al desprecio de los lectores entren en el canon de grandes obras. Libros demasiado nuevos por falta de uso y libros demasiado viejos por muy prestados se podan para que el árbol crezca sano y competente. A lo mejor algunos de mis preferidos están en ese purgatorio, porque nunca he necesitado hacer cola para sacar un libro. Una biblioteca entierra a otra, así es. La que entierran es la mía, en la que aprendí a buscarme en los libros.
domingo, 9 de agosto de 2015
Cuando no estoy en Segovia la busco en twitter. La encuentro en las fotos de turistas que la visitan; también, "Segovia" está en mensajes de personas extrañas que, desde las Antípodas, la definen como "una ciudad de cuento". Para los que emigramos, Segovia es un lugar alejado de la rutina que nos abrimos en otra parte; nosotros regresamos a Segovia, como el escuadrón turista, los fines de semana y en vacaciones. La evocación de Segovia es para el emigrante un viaje sentimental, un viaje a la adolescencia nunca resuelta. Tan irreal como esas fotografías bonitas y con música ñoña que te llegan al correo electrónico, que repasas para pertenecer a alguna patria, aunque sea cibernética.
 
Sin embargo, sabes bien que Segovia no es eso. Conoces el desorden y sabes que las bellas fotos de internet son un trampantojo de los agujeros de la ciudad, recuerdas los controles invisibles que impiden que corra el aire en el casco medieval. Todo eso no aparece en las fotografías; tampoco es demasiado relevante ni admirable, ¿acaso no ocurre igual en El Cairo?
 
Segovia, tras una visita, puede ser un paseo a 0 grados o a 36, problemas para dejar el coche, una comida en el estómago o un llavero con el acueducto. Segovia, en la distancia, puede ser excelsa, compartir el limbo con los lagos de los fiordos noruegos, las nieves del Fujiyama, la copa de un pinsapo milenario, el Perito moreno o el universo imaginado por Tolkien. "Places to see before you die", así se llama una galería de fotos de Pinterest, en la que aparece un "Castle in the winter", el Alcázar, cubierto por una suave nieve, que parece emerger en un bosque solitario y aislado de la civilización. Estos últimos años me he topado decenas de veces con la misma fotografía, atribuida a autores diferentes, o a ninguno, como si la ventisca la hubiera volcado en internet. Fue Fernando de Antonio, un día de enero de 2009, el que la tomó, y luego ha visto cómo su imagen crecía lejos de él, en España, en América y el Cabo de Hornos; internet es salvaje, omnívoro y rápido, y muchas veces, voraz.
 
Fernando ha dejado volar a su Alcázar, adoptado como propio por cientos de personas que posiblemente nunca visiten Segovia, y que creen que la ciudad dormita sobre nieves eternas. Pero desean que exista ese castillo, que ya no se sabe si inspiró al que dibujó Walt Disney para la Bella Durmiente, o es el Alcázar el que cada día se disfraza para ser esa fortaleza que solo puede resistir pura dentro de los cuentos. Podemos morir sin visitar lugares -qué es el viaje sino una huida hacia delante- pero no sin sueños. Segovia es la del bochorno de agosto y también esa ciudad de cuento. A veces, de un cuento de hadas; a veces, de terror.
jueves, 26 de febrero de 2015

Paseo por la Calle Real, convertida lentamente y a zancadas en los últimos tiempos en una calle demasiado real, resignado embudo que atraviesa el turisteo de camino al Alcázar. Los comercios que durante décadas fueron zapaterías, mercerías o camiserías, esta semana venden helados de churro y a la siguiente bufandas del Atleti, tanto da. Requisito imprescindible de lo fungible es el destrozo previo de lo poco que merezca la pena –zócalos, molduras, cualquier rastro del antiguo escaparate– para que el pladur encuentre acomodo. Eso, por lo visto, les hace confiar en que las ventas se multiplicarán, cosa que no ocurre, porque muy poquitos aguantan.

En ese espacio a la deriva que es la Calle Real asoman unos cuantos, ya muy pocos, de esos comercios que abrían sus puertas con el propósito de permanecer. Una forma eficiente de identificarlos es mirando al suelo: existiendo aparentes losetas adhesivas, ¿quién se gastaría en instalar pavimentos que duraran sesenta años, o más? Pues en los cincuenta sí lo hicieron los comerciantes de la calle Real, con los duros que iban ahorrando en esa España también en crisis, en la que la gente daba la vuelta a las chaquetas y remendaba los calcetines. Pese a la marabunta, todavía hoy queda un puñado de esos suelos en los que, con restos de piedra desechados, cobre para nivelar y pulidoras, manos artesanas conseguían cubrir de una forma perfecta, compacta e irrepetible el espacio deseado.

Ese terrazo continuo dibuja los nombres de la Óptica Moderna y de Germán Elías, la flor de Marta Serrano (la antigua "Isa"), o el fantástico y castigado suelo del antiguo cine Sirenas, en el que emergen dos auténticas mujeres con cola de pez, no esfinges.  Perfectos trabajos de diseño, resistentes y bellos. "No hay más oposición a lo bello que lo feo, todas las cosas son o bellas o feas, y la utilidad siempre se encontrará en el lado de las cosas bellas", escribía Wilde, que dedicó un librito a poner en su sitio al artesano que, sin presunción y con maestría, ejecuta su tarea. Los que doblaron durante muchas jornadas las espaldas para ajustar estos maravillosos suelos ya no están. Algunos muestran la firma de los hermanos Blanco; en otros no consta la autoría. Seguramente fueron trabajos corales, en los que unos aportaban los diseños, otros la planificación, otros la mano diestra. Entre ellos, un obrero, Olegario, que vino del norte para trabajar en Segovia en el terrazo de la iglesia de San José. Aquí se casó y vivió hasta su muerte, eligiendo recortes de piedra rosa de Sepúlveda, combinándolos con pedazos de mármol azules, cremas, grises y marrones, encajándolos en el molde con separadores de latón, echando cemento para cubrir cada hueco y puliendo, puliendo con firmeza y suavidad hasta que entre sus manos aparecía el dibujo soñado.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Cada otoño llegan a casa algunos membrillos. El membrillero es agradecido, y hasta cuando es un joven arbusto da más frutos de los que su tronco soporta. Son perfectos, dorados, suaves, pero ásperos e imposibles de morder. El membrillo, tan cercano, es silvestre, lo que no nos hace demasiada gracia, así que nos empeñamos en cocerle, triturarle y convertirle en un dulce azucarado y marrón, para hacerle útil.

Sin embargo, lo más bello del membrillo es imposible de retener. Lo intentó Antonio López, ese pintor suave y preciso que pollinos y cacatúas desprecian por ser lento. Lo más incomprensible, excelso y gratuito del membrillo es su olor. Un olor que ni siquiera es seguro, porque hay años que el mismo membrillero da frutos insulsos, y al siguiente de aroma penetrante. Un simple membrillo es capaz de convertir un trayecto en taxi en una experiencia entrañable, eso me contaba un taxista. Un año había recogido a un señor con una bolsa de membrillos mágicos, uno de los cuales cayó en el vehículo. Era tan fragrante que durante mucho tiempo su presencia inundó el coche, y una clienta ya mayor, que lo cogió entre sus manos para inspirar el olor, insistió en llevárselo, porque le recordaba a su madre y a su infancia.

Llegando los primeros días del invierno, los cientos de membrillos que, como a mí, nos regalaron amigos del pueblo y que hemos repartido en nuestros pisos de ciudad en estanterías, se vuelven pardos. Aun manchados, permanecen dignos, congelados como en un bodegón de Zurbarán, con su color amarillo intenso y su vejez de terciopelo. Ya apenas huelen, y cualquier día acaban en la basura. Humilde membrillo.

sábado, 19 de abril de 2014

A Jesús le pilló la guerra civil con nueve años, veraneando en la Estación del Espinar. Trazado el frente, no pudo regresar a la casa familiar y fue evacuado a Segovia, donde estuvo interno tres años en el antiguo colegio de los Maristas, que estaba en la calle San Agustín. Huérfano de madre desde casi bebé, al poco de volver a Madrid falleció también su padre. Criado, junto a sus tres hermanas mayores, por una tía, muy pronto se interesó por el teatro, por la literatura, por el arte. Su círculo de amigos fueron esos “niños de la guerra” que recogió Josefina Aldecoa en una recopilación de relatos: los Aldecoa, Sánchez Ferlosio, Martín Gaite. En la Escuela Oficial de Cine aprendió el oficio que le dio de comer durante más tiempo, aunque su única película, “Llegar a más”, no lograra éxito. Estuvo detrás de series de programas de televisión como “Los libros”, en esos tiempos en los que se creía que era posible emitir en la primera cadena a las diez de la noche un programa cultural. Mientras, escribía. En total, once novelas y diez libros de relatos salieron de su Olivetti. Era un escritor respetado, pero no conocido, hasta que llegó “Extramuros” y el premio Planeta, en 1978. Diez años más tarde, a los 61, fallecía.

Hace poco hicieron un pequeño homenaje a Jesús Fernández Santos en León, porque amó mucho Cerulleda, el pueblo de la montaña leonesa en el que nació su padre. Tirando del hilo de la memoria de los leoneses, encuentro en la biblioteca de Segovia algunos libros del autor. Uno, con una foto en portada de los arcos del Acueducto, “Laberintos”. Cuenta la estancia, a finales de los cincuenta, de un grupo de jóvenes escritores y pintores madrileños que pasan unos días en Segovia. Sus contradicciones, su cinismo, sus ambiciones y sueños que en su mayoría a ningún sitio llegarían, se suceden con la ciudad como fondo, en plena Semana Santa, con un “monaguillo con un botijo blanco del que todos bebían”, “un grupo de seminaristas que rompió a cantar el miserere” y “mujeres enlutadas con velo y misal, algunas con sillas de tijera”. Está la catedral, está San Esteban y San Marcos, pero también “las lonas verdes y amarillas en las fachadas de las tiendas, los tejidos de difícil bordado, encajes, espadas, tabaqueras de cuero, trajes para toreros infantiles”, en las primeras tiendas de recuerdos.

Son detalles reales captados por un buen observador –Fernández  Santos pasó en Segovia la Semana Santa de 1958 junto a la que sería su mujer, María Castaldi–, que regresa en varias ocasiones a Segovia. Se recorrió parte de la provincia en autobús, en unos tiempos en los que no tenía dinero para viajar de otra forma, y de allí nació “En la hoguera”, en la que el protagonista visita Turégano, Cantalejo, el Duratón y Sepúlveda, para hacer parada en un pueblo cuyo nombre no menciona, pero que pudiera ser Ayllón. También salpican varios de sus novelas y relatos sus años de exilio infantil en Segovia durante la guerra, viviendo en “esa concreta sensación de no contar, de no intervenir, ni siquiera en el destino propio”. Años de confusión, pero para un niño que en Madrid no podía salir solo de casa, años también de aventura, porque los adultos estaban “a otras cosas” y él era libre de recorrer la ciudad, ir al valle de Tejadilla o de escaparse a la modesta verbena que se organizaba en el Cristo. Con el fin de la batalla, “la pequeña ciudad, sin el frente cercano, volvió a lo que siempre había sido (…) se acabaron las medallas al cuello, los “detente bala, el corazón de Jesús está conmigo”, los paquetes de ropa, los bailes en el casino y las colectas. Se acabaron también las colas ante la puerta de los dos prostíbulos”.

No hay en sus páginas visiones idílicas de los lugares, como no los hay de la vida de sus protagonistas, ni en la vida de nadie. En otro de sus libros, “Las catedrales”, incluye cuatro historias que se desarrollan en estos espacios, y una de ellas apunta a la de Segovia, cuyo campanario conoció de niño, en esa etapa en la que alojaba a los antiaéreos. La protagonista, la hija del campanero, rememora de adulta su infancia en ese lugar sin duda especial, pero no desde la fascinación por su belleza gótica, sino desde las dificultades que ese espacio cerrado e imponente suponía para una familia laica que aspiraba a tener una vida normal. Leyendo y descubriendo mi tierra en los escritos de Jesús Fernández Santos, me pregunto si no habrá calado entre nosotros, los segovianos, una especie de desmemoria del presente; si no actuaremos como viejos hidalgos amansados por la lectura de folletos turísticos. Al final, la ciudad viva nos la tienen que escribir otros.

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