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Conexión Campo Grande | por Teresa Sanz Nieto
foto Vine a Valladolid como de paso y llevo ya casi veinte años. Es ya la tierra de mis hijos, así que también es la mía. En este blog me gustaría averiguar por qué los kilómetros que separan Valladolid de Segovia se hacen el doble de largos que los que hay de Segovia a Madrid, aunque la distancia sea parecida.
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jueves, 26 de febrero de 2015

Paseo por la Calle Real, convertida lentamente y a zancadas en los últimos tiempos en una calle demasiado real, resignado embudo que atraviesa el turisteo de camino al Alcázar. Los comercios que durante décadas fueron zapaterías, mercerías o camiserías, esta semana venden helados de churro y a la siguiente bufandas del Atleti, tanto da. Requisito imprescindible de lo fungible es el destrozo previo de lo poco que merezca la pena –zócalos, molduras, cualquier rastro del antiguo escaparate– para que el pladur encuentre acomodo. Eso, por lo visto, les hace confiar en que las ventas se multiplicarán, cosa que no ocurre, porque muy poquitos aguantan.

En ese espacio a la deriva que es la Calle Real asoman unos cuantos, ya muy pocos, de esos comercios que abrían sus puertas con el propósito de permanecer. Una forma eficiente de identificarlos es mirando al suelo: existiendo aparentes losetas adhesivas, ¿quién se gastaría en instalar pavimentos que duraran sesenta años, o más? Pues en los cincuenta sí lo hicieron los comerciantes de la calle Real, con los duros que iban ahorrando en esa España también en crisis, en la que la gente daba la vuelta a las chaquetas y remendaba los calcetines. Pese a la marabunta, todavía hoy queda un puñado de esos suelos en los que, con restos de piedra desechados, cobre para nivelar y pulidoras, manos artesanas conseguían cubrir de una forma perfecta, compacta e irrepetible el espacio deseado.

Ese terrazo continuo dibuja los nombres de la Óptica Moderna y de Germán Elías, la flor de Marta Serrano (la antigua "Isa"), o el fantástico y castigado suelo del antiguo cine Sirenas, en el que emergen dos auténticas mujeres con cola de pez, no esfinges.  Perfectos trabajos de diseño, resistentes y bellos. "No hay más oposición a lo bello que lo feo, todas las cosas son o bellas o feas, y la utilidad siempre se encontrará en el lado de las cosas bellas", escribía Wilde, que dedicó un librito a poner en su sitio al artesano que, sin presunción y con maestría, ejecuta su tarea. Los que doblaron durante muchas jornadas las espaldas para ajustar estos maravillosos suelos ya no están. Algunos muestran la firma de los hermanos Blanco; en otros no consta la autoría. Seguramente fueron trabajos corales, en los que unos aportaban los diseños, otros la planificación, otros la mano diestra. Entre ellos, un obrero, Olegario, que vino del norte para trabajar en Segovia en el terrazo de la iglesia de San José. Aquí se casó y vivió hasta su muerte, eligiendo recortes de piedra rosa de Sepúlveda, combinándolos con pedazos de mármol azules, cremas, grises y marrones, encajándolos en el molde con separadores de latón, echando cemento para cubrir cada hueco y puliendo, puliendo con firmeza y suavidad hasta que entre sus manos aparecía el dibujo soñado.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Cada otoño llegan a casa algunos membrillos. El membrillero es agradecido, y hasta cuando es un joven arbusto da más frutos de los que su tronco soporta. Son perfectos, dorados, suaves, pero ásperos e imposibles de morder. El membrillo, tan cercano, es silvestre, lo que no nos hace demasiada gracia, así que nos empeñamos en cocerle, triturarle y convertirle en un dulce azucarado y marrón, para hacerle útil.

Sin embargo, lo más bello del membrillo es imposible de retener. Lo intentó Antonio López, ese pintor suave y preciso que pollinos y cacatúas desprecian por ser lento. Lo más incomprensible, excelso y gratuito del membrillo es su olor. Un olor que ni siquiera es seguro, porque hay años que el mismo membrillero da frutos insulsos, y al siguiente de aroma penetrante. Un simple membrillo es capaz de convertir un trayecto en taxi en una experiencia entrañable, eso me contaba un taxista. Un año había recogido a un señor con una bolsa de membrillos mágicos, uno de los cuales cayó en el vehículo. Era tan fragrante que durante mucho tiempo su presencia inundó el coche, y una clienta ya mayor, que lo cogió entre sus manos para inspirar el olor, insistió en llevárselo, porque le recordaba a su madre y a su infancia.

Llegando los primeros días del invierno, los cientos de membrillos que, como a mí, nos regalaron amigos del pueblo y que hemos repartido en nuestros pisos de ciudad en estanterías, se vuelven pardos. Aun manchados, permanecen dignos, congelados como en un bodegón de Zurbarán, con su color amarillo intenso y su vejez de terciopelo. Ya apenas huelen, y cualquier día acaban en la basura. Humilde membrillo.

sábado, 19 de abril de 2014

A Jesús le pilló la guerra civil con nueve años, veraneando en la Estación del Espinar. Trazado el frente, no pudo regresar a la casa familiar y fue evacuado a Segovia, donde estuvo interno tres años en el antiguo colegio de los Maristas, que estaba en la calle San Agustín. Huérfano de madre desde casi bebé, al poco de volver a Madrid falleció también su padre. Criado, junto a sus tres hermanas mayores, por una tía, muy pronto se interesó por el teatro, por la literatura, por el arte. Su círculo de amigos fueron esos “niños de la guerra” que recogió Josefina Aldecoa en una recopilación de relatos: los Aldecoa, Sánchez Ferlosio, Martín Gaite. En la Escuela Oficial de Cine aprendió el oficio que le dio de comer durante más tiempo, aunque su única película, “Llegar a más”, no lograra éxito. Estuvo detrás de series de programas de televisión como “Los libros”, en esos tiempos en los que se creía que era posible emitir en la primera cadena a las diez de la noche un programa cultural. Mientras, escribía. En total, once novelas y diez libros de relatos salieron de su Olivetti. Era un escritor respetado, pero no conocido, hasta que llegó “Extramuros” y el premio Planeta, en 1978. Diez años más tarde, a los 61, fallecía.

Hace poco hicieron un pequeño homenaje a Jesús Fernández Santos en León, porque amó mucho Cerulleda, el pueblo de la montaña leonesa en el que nació su padre. Tirando del hilo de la memoria de los leoneses, encuentro en la biblioteca de Segovia algunos libros del autor. Uno, con una foto en portada de los arcos del Acueducto, “Laberintos”. Cuenta la estancia, a finales de los cincuenta, de un grupo de jóvenes escritores y pintores madrileños que pasan unos días en Segovia. Sus contradicciones, su cinismo, sus ambiciones y sueños que en su mayoría a ningún sitio llegarían, se suceden con la ciudad como fondo, en plena Semana Santa, con un “monaguillo con un botijo blanco del que todos bebían”, “un grupo de seminaristas que rompió a cantar el miserere” y “mujeres enlutadas con velo y misal, algunas con sillas de tijera”. Está la catedral, está San Esteban y San Marcos, pero también “las lonas verdes y amarillas en las fachadas de las tiendas, los tejidos de difícil bordado, encajes, espadas, tabaqueras de cuero, trajes para toreros infantiles”, en las primeras tiendas de recuerdos.

Son detalles reales captados por un buen observador –Fernández  Santos pasó en Segovia la Semana Santa de 1958 junto a la que sería su mujer, María Castaldi–, que regresa en varias ocasiones a Segovia. Se recorrió parte de la provincia en autobús, en unos tiempos en los que no tenía dinero para viajar de otra forma, y de allí nació “En la hoguera”, en la que el protagonista visita Turégano, Cantalejo, el Duratón y Sepúlveda, para hacer parada en un pueblo cuyo nombre no menciona, pero que pudiera ser Ayllón. También salpican varios de sus novelas y relatos sus años de exilio infantil en Segovia durante la guerra, viviendo en “esa concreta sensación de no contar, de no intervenir, ni siquiera en el destino propio”. Años de confusión, pero para un niño que en Madrid no podía salir solo de casa, años también de aventura, porque los adultos estaban “a otras cosas” y él era libre de recorrer la ciudad, ir al valle de Tejadilla o de escaparse a la modesta verbena que se organizaba en el Cristo. Con el fin de la batalla, “la pequeña ciudad, sin el frente cercano, volvió a lo que siempre había sido (…) se acabaron las medallas al cuello, los “detente bala, el corazón de Jesús está conmigo”, los paquetes de ropa, los bailes en el casino y las colectas. Se acabaron también las colas ante la puerta de los dos prostíbulos”.

No hay en sus páginas visiones idílicas de los lugares, como no los hay de la vida de sus protagonistas, ni en la vida de nadie. En otro de sus libros, “Las catedrales”, incluye cuatro historias que se desarrollan en estos espacios, y una de ellas apunta a la de Segovia, cuyo campanario conoció de niño, en esa etapa en la que alojaba a los antiaéreos. La protagonista, la hija del campanero, rememora de adulta su infancia en ese lugar sin duda especial, pero no desde la fascinación por su belleza gótica, sino desde las dificultades que ese espacio cerrado e imponente suponía para una familia laica que aspiraba a tener una vida normal. Leyendo y descubriendo mi tierra en los escritos de Jesús Fernández Santos, me pregunto si no habrá calado entre nosotros, los segovianos, una especie de desmemoria del presente; si no actuaremos como viejos hidalgos amansados por la lectura de folletos turísticos. Al final, la ciudad viva nos la tienen que escribir otros.

domingo, 9 de febrero de 2014

 Akihito es emperador del Japón desde enero de 1989, así que ya han pasado veinticinco años desde aquella clase. La profesora de Redacción Periodística, una señora no muy joven, ni muy brillante, ni muy exigente, ni nada en especial, nos puso a todos a escribir sobre el traspaso de poderes en Japón. Yo rellené el folio y medio para salir del paso, sin contar apenas nada y adornando los párrafos con todos los lugares comunes que se me ocurrieron, excepto lo de la mirada oblicua y lo del sol naciente. En resumen, escribí una verdadera castaña. Por eso me sorprendió que, en la clase siguiente, me invitase a leer a mis compañeros la redacción. Le dije que prefería no hacerlo, y repuso que entonces la leería ella. Así pues, la leí. Y sí, era una verdadera birria; eso sí, una birria bien puntuada y sin faltas de ortografía.

Esta profesora poco carismática, que vestía como Tootsie y no como un corresponsal de guerra fuera de órbita, sabía cosas que los periodistas primerizos no estábamos preparados para comprender. Que, si seguíamos en esto, lo que ya sería una suerte, escribiríamos cientos, más bien miles, de textos tan vacíos como aquellos que nos pedía. Que, además, tendríamos que asumir que, siendo torpes y banales, esos textos eran nuestros. Y que, a pesar de todo, volveríamos una y otra vez a sentarnos con el respeto intacto ante un próximo folio que tampoco sería extraordinario, pero al menos debería bien puntuado y sin faltas de ortografía.

A veces, solo unas pocas veces, en este tintineo del teclado, en la rutina del trabajo, sale un texto más preciso que los demás. Solo a veces. Así crece el oficio, el del periodista o el del zapatero, tanto da. En repetir una y otra vez la misma música, sin distraerte demasiado, porque si te crees que ya la conoces de memoria y te descuidas vas a hacer mal tu trabajo. La rutina del artesano exige concentración.

Ahora que está de moda, tal vez como siempre, juzgar y dar la vuelta como un calcetín a la educación, cada día desayunamos con las llamativas propuestas de expertos, consultores y especialistas. Escucho sus atractivas fórmulas, y me pregunto si se puede aprender sin repetición, sin aburrimiento, sin recibir una inmediata recompensa a cambio. Me pregunto también si es posible adquirir y sostener un oficio sin repetición, sin aburrimiento, sin una aparente recompensa a cambio. Bueno, sí que hay una recompensa. Pero de ella te das cuenta mucho más tarde.

sábado, 28 de diciembre de 2013

La cita es los martes a las cinco, en la parroquia. Antes de que abran ya hay una mujer, que aguarda con las manos en los bolsillos.  Tras la ropa oscura y la melena descuidada está el rostro de una chiquilla. Solo levanta la mirada cuando llega la voluntaria de Cáritas, a la que muestra un sobre doblado. Contiene palabras que no comprende del todo, pero sabe que significan “no”. Cuando salga del salón parroquial, la chica cansada llevará una bolsa grande con legumbres, arroz, cola-cao, aceite y una barra de de turrón, porque los feligreses se han acordado de que, si es Navidad, lo es para todos. Necesita la comida, pero sobre todo quiere que alguien escuche su historia, la de una mujer todavía muy joven que ya no siente rabia, ni despecho. Se siente derrotada.

En este barrio, que no es el más rico pero ni mucho menos el más pobre de la ciudad, el grupo de voluntarios está en contacto con cerca de sesenta familias que viven con grandes dificultades.  Han hecho un mapa para atender a cada una al menos una vez al mes: hay una veintena de calles, así que programan de cuatro a seis calles cada martes, lo que significa una media de doce familias por tarde. De cinco a ocho, en una sala con una gran mesa rodeada de sillas de todos los tamaños y colores, hablan sobre lo que ha pasado desde su último encuentro. Que han recorrido los polígonos sin encontrar trabajo. Que necesitan pagar la medicación del niño, que tiene asma. Que han vuelto a beber más de la cuenta. Que no pueden asumir los recibos de la luz o del gas (la calefacción ninguno puede permitírsela, así que este invierno se han repartido más mantas que nunca). Un par de ellos responden al estereotipo de marginado que es incapaz de someterse a la disciplina de vivir en sociedad. Pero el resto quería ser como los demás y en algún momento todo se torció. Gente obrera, que no ha levantado cabeza desde la debacle de la construcción. Pensionistas con hijos y nietos a su cargo, que trabajan más que nunca. Hombres separados que han roto con todo, profundamente solos. Madres con hijos, que les acompañan mientras son pequeños, y que desaparecen y se avergüenzan de su situación cuando llegan a la adolescencia. Mujeres inmigrantes sin nada pero que quieren seguir viviendo aquí, en un país en el que nadie puede decirlas que valen menos que un hombre.

Cada uno de ellos aguarda su turno para llevarse alimentos en su vacío carro de la compra, y para que una voz les recuerde que la pobreza no puede arrebatarles la dignidad. El otro día las cifras del paro mejoraron una milésima en el barrio, porque una mujer que hace ya demasiado tiempo perdió su trabajo de administrativa tenía un contrato de limpiadora. Aunque sea por pocas semanas y doce horas al día, estaba contenta. Por eso entran dudas de que la botella esté medio llena o medio vacía dependiendo solo de cómo lo vea una; salvo que seas rico, el trabajo ayuda mucho. Sólo en los cuentos infantiles la pobreza se resuelve llenando el estómago. Pobreza es también no tener calor, ni teléfono, ni medios para poder desplazarse; pobreza es vivir en una casa con goteras y con el baño estropeado.

Hay martes que los voluntarios se van a casa tocados. Ojalá pudieran arreglar los problemas con la misma facilidad que reparten cartones de leche y paquetes de galletas. Escuchan a las sesenta familias que lo pasan peor en un barrio de una ciudad de un país lleno de gente que no ve futuro más allá de la crisis. Pero el futuro está ahí, el martes que viene. Un nuevo día para intentar ayudar.

 

PD.- Gracias al equipo de la parroquia vallisoletana de Sto Tomás, por guiarme en este artículo.

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