El Adelantado de Segovia
Segovia, viernes 12-02-2016 h.
El tiempo por Tutiempo.net
Estás en El Adelantado de Segovia :: Portada > Blogs > Conexión Campo Grande
usuario:  
contraseña:
registrar recordar contraseña

Conexión Campo Grande | por Teresa Sanz Nieto
foto Vine a Valladolid como de paso y llevo ya casi veinte años. Es ya la tierra de mis hijos, así que también es la mía. En este blog me gustaría averiguar por qué los kilómetros que separan Valladolid de Segovia se hacen el doble de largos que los que hay de Segovia a Madrid, aunque la distancia sea parecida.
¡¡Pincha Aquí!!
Blogs
  BLOGS
Conexión Campo Grande
foto por Teresa  Sanz Nieto
10/02/2016
Los niños de la casa
Paseando comentarios
foto por Juan Carlos  Manrique Arribas
07/02/2016
Recelos 21
      Ver más Blogs
  Encuesta
¿Cree que debería haber servicio de ambulancia o un médico en los encuentros de Tercera División de fútbol?
Sí.  No.  N.s./n.c.  
  SMS
      Ver más
miércoles, 10 de febrero de 2016

Compré por cinco euros tres libros en un mercadillo benéfico. El más viejo de ellos era Oliverio Twist o El Hijo de la Parroquia, de Carlos Dickens, una edición de 1921 de Apostolado de la Prensa. En las guardas, y cada docena de páginas, llevaba impreso un sello oval con el depósito: ‘Hospicio Provincial - Biblioteca Niños - Valladolid’. Puede que las tapas no fueran las originales, pero las páginas estaban en buen estado. En la página 28, alguien había escrito con lápiz y letra cursiva: Modesto. Hasta el capítulo IV, Modesto fue marcando con una cruz por dónde interrumpía la novela; a partir de ahí, por lo que fuera, no siguió leyendo, o lo hizo sin dejar huella.
Durante 128 años el hospicio de Valladolid estuvo en el Palacio de los Benavente. Fue abandonado cuando en 1975 se derrumbó parte del edificio, que tras su rehabilitación se convirtió en la sede actual de la biblioteca de Castilla y León. Carmen, o Paco, que hoy rondan los sesenta, se acuerdan bien de aquellos años, pero no de que existiera ninguna biblioteca. "A lo mejor las monjas te decían: lee este libro. Eran ellas las que te lo dejaban”, dicen. Pero no recuerdan una biblioteca a su disposición; apenas la enciclopedia Álvarez, y algún mapa desperdigado. En sus tiempos de hospicio, por los años sesenta, sumaban más de quinientos niños y niñas, cada cual en su ala, separados. Tras la primaria, salían a estudiar fuera del centro, o bien aprendían un oficio. En Valladolid, como en muchos otros hospicios, había talleres de tejidos, zapatería, ebanistería e imprenta. Unos cuantos permanecían trabajando para el centro, o para la diputación, que lo gestionaba. "Niños de la casa", les llamaban. Los que carecían de rastro familiar eran registrados como "San José", el patrón de la cofradía protectora de los expósitos, un apellido todavía hoy frecuente en Valladolid.
Cuando mi libro llegó, en los años veinte, el número de hospicianos superaba el millar. El precioso palacio de recreo de los Condes de Benavente, residencia de dos Felipes reyes, con sus torreones y su patio renacentista, no tenía siquiera cristales en las ventanas. Si alguien preguntaba por un niño muchas veces no sabían darle razón de él: moría una decena cada día. "Tal como vivían, no hace pensar que hubiera libros a disposición de los alojados". Lo dice Heliodoro Pastrana, que ha estudiado a fondo los archivos provinciales, y también imaginado la desolación que reflejan. "Con la República, hubo un cambio grande, por fortuna", dice.
Mi libro, eso creo, superó modesto en un rincón el paso de Primo de Rivera, la República, la guerra cruel, y la larga dictadura. Cuando el hospicio se declaró en ruinas, se llevaron al nuevo centro los papeles imprescindibles, los que tenían que ver con la administración y contabilidad hospiciana. Una novela vieja no era tan importante, y se saldaría como papel o libros de viejo. En algún sitio estuvo hasta que le dieron esta penúltima patada hasta el mercadillo de una ONG, hasta alcanzar mi estantería.
“Sus lágrimas no eran amargas, pues el dolor que había en sus almas se dulcificaba por el feliz desenlace de sus penas”. Me pregunto si alguno de aquellos pequeños llegó a leer esas líneas. Si este libro les sirvió de consuelo.

Nota: La fotografía del antiguo hospicio procede de los fondos de la Fundación Joaquín Díaz.

martes, 12 de enero de 2016

Conocí a David Bowie cuando llevaba trajes de lino cruzados y flequillo rubísimo. Es decir, tuve que esforzarme para conocer qué había sido de su vida anterior, porque yo apenas había hecho nada más que comenzar el instituto, pero él llevaba ya un largo camino. Las primeras cintas las compré en el puesto del mercado de los jueves, en esos expositores en los que se mezclaba Juanito Valderrama, Iván y Barón Rojo. Space Oddity y Hunky Dory. Otro jueves pillé Ziggy Stardust. Había oído que era su mejor trabajo y también que era sorprendente, así que no supe hasta mucho después que la cinta no sonaba a estornino loco por voluntad del pobre David, es que estaba dañada. Eran cosas que pasaban entonces, porque no había ninguna posibilidad de acceder a canciones si no era grabando un trozo de la radio, o comprando el álbum completo. De aquella manera de despertar a la música conservo la desconfianza hacia esas recopilaciones de grandes éxitos que a otros les resultan tan manejables, pero que trocean la obra tal como la imaginó su creador.

Con frecuencia escucho a gente influida por un maestro, y eso es hermoso. David Bowie, ese hombre que no sé si pisó Segovia, ni siquiera para hacer una foto al Acueducto, fue para mí uno de esos maestros. Un tío que podías escuchar para acompañar la adolescencia, y que a medida que madurabas –o solo cumplías años–, iba avanzando más deprisa que tú. No sé que votaba ni qué pensaba de los tories: era poco prolijo en sermoneo, él estaba en otra dimensión. Pero te dejaba pistas, como los buenos maestros, para que tiraras por ti mismo de la cuerda de la música, de la literatura, del arte como una de las pocas posibilidades de refugio. Todo brillante, todo nuevo, todo muy lejano de la monotonía gris castellana.

Se ha muerto David Bowie, sin duda demasiado joven; como morimos todos, antes de tiempo. Pero qué canciones deja.

miércoles, 26 de agosto de 2015
Las puertas de la biblioteca están, como siempre, abiertas. Pero da igual. Hace semanas que está en cuarentena, como los suelos recién fregados, como los bancos que acaban de pintar. Nadie para por allí, aunque las estanterías están repletas de libros, los habituales más los que solían estar en las casas de los lectores. Nadie lee una página, y nadie lo hará ya, al menos en esta biblioteca. Porque una biblioteca no son solo los volúmenes, no son solo los trabajadores, ni siquiera son sus socios. Trasplanta a todos ellos a otra tierra y seguirán vivos, los niños crecerán y los mayores seguiremos insatisfechos. Pero retén el orden de los géneros en los vasares, memoriza las escaleras de madera, registra cómo crea sombras sobre los libros la luz que entra por la ventana enrejada, acuérdate de la lagartija campando a sus anchas por el patio mientras hacías cola para sacar pelis de Disney porque eso ya no estará, se esfumará como tantas cosas que pensábamos que nos acompañarían siempre.
El nuevo edificio será grande y útil; espero que cobije a nuevos lectores, que se preguntarán cómo es posible llevarte a casa tanto por tan poco. No te piden ni un céntimo, solo una tarjeta con tu nombre escrito. Habrá salas luminosas, sillas ergonómicas y mesas de diseño, cierto; también rampas y ascensores para los que no pueden caminar, y eso es de justicia. Sé que el milagro de la biblioteca no cambia, da igual que clasifiquen los libros con tarjetas escritas a mano, códigos de barras o rastreando el ADN. Es lo que tienen los milagros: que te pueden maravillar o importarte un pito. Algunos pensarán que si hay 200 novelas y 200 personas lo mejor es que cada uno se lleve una a su casa, para que la proteja bajo cuatro candados. Pienso justo lo contrario, que aun habiendo un solo libro mejor sería compartirlo entre doscientos. Y aún podríamos invitar a más gente a compartir nuestra historia.
En fin, que cierran la biblioteca y ponen otra, pero permítanme los futuros inaugurantes añorar lo que se entierra. Oigo que están purgando los libros, retirando no solo y como es habitual a los que están en mal estado, sino también a los que apenas se leen, salvo que pese al desprecio de los lectores entren en el canon de grandes obras. Libros demasiado nuevos por falta de uso y libros demasiado viejos por muy prestados se podan para que el árbol crezca sano y competente. A lo mejor algunos de mis preferidos están en ese purgatorio, porque nunca he necesitado hacer cola para sacar un libro. Una biblioteca entierra a otra, así es. La que entierran es la mía, en la que aprendí a buscarme en los libros.
domingo, 9 de agosto de 2015
Cuando no estoy en Segovia la busco en twitter. La encuentro en las fotos de turistas que la visitan; también, "Segovia" está en mensajes de personas extrañas que, desde las Antípodas, la definen como "una ciudad de cuento". Para los que emigramos, Segovia es un lugar alejado de la rutina que nos abrimos en otra parte; nosotros regresamos a Segovia, como el escuadrón turista, los fines de semana y en vacaciones. La evocación de Segovia es para el emigrante un viaje sentimental, un viaje a la adolescencia nunca resuelta. Tan irreal como esas fotografías bonitas y con música ñoña que te llegan al correo electrónico, que repasas para pertenecer a alguna patria, aunque sea cibernética.
 
Sin embargo, sabes bien que Segovia no es eso. Conoces el desorden y sabes que las bellas fotos de internet son un trampantojo de los agujeros de la ciudad, recuerdas los controles invisibles que impiden que corra el aire en el casco medieval. Todo eso no aparece en las fotografías; tampoco es demasiado relevante ni admirable, ¿acaso no ocurre igual en El Cairo?
 
Segovia, tras una visita, puede ser un paseo a 0 grados o a 36, problemas para dejar el coche, una comida en el estómago o un llavero con el acueducto. Segovia, en la distancia, puede ser excelsa, compartir el limbo con los lagos de los fiordos noruegos, las nieves del Fujiyama, la copa de un pinsapo milenario, el Perito moreno o el universo imaginado por Tolkien. "Places to see before you die", así se llama una galería de fotos de Pinterest, en la que aparece un "Castle in the winter", el Alcázar, cubierto por una suave nieve, que parece emerger en un bosque solitario y aislado de la civilización. Estos últimos años me he topado decenas de veces con la misma fotografía, atribuida a autores diferentes, o a ninguno, como si la ventisca la hubiera volcado en internet. Fue Fernando de Antonio, un día de enero de 2009, el que la tomó, y luego ha visto cómo su imagen crecía lejos de él, en España, en América y el Cabo de Hornos; internet es salvaje, omnívoro y rápido, y muchas veces, voraz.
 
Fernando ha dejado volar a su Alcázar, adoptado como propio por cientos de personas que posiblemente nunca visiten Segovia, y que creen que la ciudad dormita sobre nieves eternas. Pero desean que exista ese castillo, que ya no se sabe si inspiró al que dibujó Walt Disney para la Bella Durmiente, o es el Alcázar el que cada día se disfraza para ser esa fortaleza que solo puede resistir pura dentro de los cuentos. Podemos morir sin visitar lugares -qué es el viaje sino una huida hacia delante- pero no sin sueños. Segovia es la del bochorno de agosto y también esa ciudad de cuento. A veces, de un cuento de hadas; a veces, de terror.
jueves, 26 de febrero de 2015

Paseo por la Calle Real, convertida lentamente y a zancadas en los últimos tiempos en una calle demasiado real, resignado embudo que atraviesa el turisteo de camino al Alcázar. Los comercios que durante décadas fueron zapaterías, mercerías o camiserías, esta semana venden helados de churro y a la siguiente bufandas del Atleti, tanto da. Requisito imprescindible de lo fungible es el destrozo previo de lo poco que merezca la pena –zócalos, molduras, cualquier rastro del antiguo escaparate– para que el pladur encuentre acomodo. Eso, por lo visto, les hace confiar en que las ventas se multiplicarán, cosa que no ocurre, porque muy poquitos aguantan.

En ese espacio a la deriva que es la Calle Real asoman unos cuantos, ya muy pocos, de esos comercios que abrían sus puertas con el propósito de permanecer. Una forma eficiente de identificarlos es mirando al suelo: existiendo aparentes losetas adhesivas, ¿quién se gastaría en instalar pavimentos que duraran sesenta años, o más? Pues en los cincuenta sí lo hicieron los comerciantes de la calle Real, con los duros que iban ahorrando en esa España también en crisis, en la que la gente daba la vuelta a las chaquetas y remendaba los calcetines. Pese a la marabunta, todavía hoy queda un puñado de esos suelos en los que, con restos de piedra desechados, cobre para nivelar y pulidoras, manos artesanas conseguían cubrir de una forma perfecta, compacta e irrepetible el espacio deseado.

Ese terrazo continuo dibuja los nombres de la Óptica Moderna y de Germán Elías, la flor de Marta Serrano (la antigua "Isa"), o el fantástico y castigado suelo del antiguo cine Sirenas, en el que emergen dos auténticas mujeres con cola de pez, no esfinges.  Perfectos trabajos de diseño, resistentes y bellos. "No hay más oposición a lo bello que lo feo, todas las cosas son o bellas o feas, y la utilidad siempre se encontrará en el lado de las cosas bellas", escribía Wilde, que dedicó un librito a poner en su sitio al artesano que, sin presunción y con maestría, ejecuta su tarea. Los que doblaron durante muchas jornadas las espaldas para ajustar estos maravillosos suelos ya no están. Algunos muestran la firma de los hermanos Blanco; en otros no consta la autoría. Seguramente fueron trabajos corales, en los que unos aportaban los diseños, otros la planificación, otros la mano diestra. Entre ellos, un obrero, Olegario, que vino del norte para trabajar en Segovia en el terrazo de la iglesia de San José. Aquí se casó y vivió hasta su muerte, eligiendo recortes de piedra rosa de Sepúlveda, combinándolos con pedazos de mármol azules, cremas, grises y marrones, encajándolos en el molde con separadores de latón, echando cemento para cubrir cada hueco y puliendo, puliendo con firmeza y suavidad hasta que entre sus manos aparecía el dibujo soñado.

Todos los artículos >>  
     Contacto   |   Aviso Legal   |   RSS RSS
 |  © El Adelantado de Segovia 2016  |  Diseño: Globales Internet |  Asesoramiento 2.0: Iberzal.com |