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Conexión Campo Grande | por Teresa Sanz Nieto
foto Vine a Valladolid como de paso y llevo ya casi veinte años. Es ya la tierra de mis hijos, así que también es la mía. En este blog me gustaría averiguar por qué los kilómetros que separan Valladolid de Segovia se hacen el doble de largos que los que hay de Segovia a Madrid, aunque la distancia sea parecida.
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sábado, 19 de abril de 2014

A Jesús le pilló la guerra civil con nueve años, veraneando en la Estación del Espinar. Trazado el frente, no pudo regresar a la casa familiar y fue evacuado a Segovia, donde estuvo interno tres años en el antiguo colegio de los Maristas, que estaba en la calle San Agustín. Huérfano de madre desde casi bebé, al poco de volver a Madrid falleció también su padre. Criado, junto a sus tres hermanas mayores, por una tía, muy pronto se interesó por el teatro, por la literatura, por el arte. Su círculo de amigos fueron esos “niños de la guerra” que recogió Josefina Aldecoa en una recopilación de relatos: los Aldecoa, Sánchez Ferlosio, Martín Gaite. En la Escuela Oficial de Cine aprendió el oficio que le dio de comer durante más tiempo, aunque su única película, “Llegar a más”, no lograra éxito. Estuvo detrás de series de programas de televisión como “Los libros”, en esos tiempos en los que se creía que era posible emitir en la primera cadena a las diez de la noche un programa cultural. Mientras, escribía. En total, once novelas y diez libros de relatos salieron de su Olivetti. Era un escritor respetado, pero no conocido, hasta que llegó “Extramuros” y el premio Planeta, en 1978. Diez años más tarde, a los 61, fallecía.

Hace poco hicieron un pequeño homenaje a Jesús Fernández Santos en León, porque amó mucho Cerulleda, el pueblo de la montaña leonesa en el que nació su padre. Tirando del hilo de la memoria de los leoneses, encuentro en la biblioteca de Segovia algunos libros del autor. Uno, con una foto en portada de los arcos del Acueducto, “Laberintos”. Cuenta la estancia, a finales de los cincuenta, de un grupo de jóvenes escritores y pintores madrileños que pasan unos días en Segovia. Sus contradicciones, su cinismo, sus ambiciones y sueños que en su mayoría a ningún sitio llegarían, se suceden con la ciudad como fondo, en plena Semana Santa, con un “monaguillo con un botijo blanco del que todos bebían”, “un grupo de seminaristas que rompió a cantar el miserere” y “mujeres enlutadas con velo y misal, algunas con sillas de tijera”. Está la catedral, está San Esteban y San Marcos, pero también “las lonas verdes y amarillas en las fachadas de las tiendas, los tejidos de difícil bordado, encajes, espadas, tabaqueras de cuero, trajes para toreros infantiles”, en las primeras tiendas de recuerdos.

Son detalles reales captados por un buen observador –Fernández  Santos pasó en Segovia la Semana Santa de 1958 junto a la que sería su mujer, María Castaldi–, que regresa en varias ocasiones a Segovia. Se recorrió parte de la provincia en autobús, en unos tiempos en los que no tenía dinero para viajar de otra forma, y de allí nació “En la hoguera”, en la que el protagonista visita Turégano, Cantalejo, el Duratón y Sepúlveda, para hacer parada en un pueblo cuyo nombre no menciona, pero que pudiera ser Ayllón. También salpican varios de sus novelas y relatos sus años de exilio infantil en Segovia durante la guerra, viviendo en “esa concreta sensación de no contar, de no intervenir, ni siquiera en el destino propio”. Años de confusión, pero para un niño que en Madrid no podía salir solo de casa, años también de aventura, porque los adultos estaban “a otras cosas” y él era libre de recorrer la ciudad, ir al valle de Tejadilla o de escaparse a la modesta verbena que se organizaba en el Cristo. Con el fin de la batalla, “la pequeña ciudad, sin el frente cercano, volvió a lo que siempre había sido (…) se acabaron las medallas al cuello, los “detente bala, el corazón de Jesús está conmigo”, los paquetes de ropa, los bailes en el casino y las colectas. Se acabaron también las colas ante la puerta de los dos prostíbulos”.

No hay en sus páginas visiones idílicas de los lugares, como no los hay de la vida de sus protagonistas, ni en la vida de nadie. En otro de sus libros, “Las catedrales”, incluye cuatro historias que se desarrollan en estos espacios, y una de ellas apunta a la de Segovia, cuyo campanario conoció de niño, en esa etapa en la que alojaba a los antiaéreos. La protagonista, la hija del campanero, rememora de adulta su infancia en ese lugar sin duda especial, pero no desde la fascinación por su belleza gótica, sino desde las dificultades que ese espacio cerrado e imponente suponía para una familia laica que aspiraba a tener una vida normal. Leyendo y descubriendo mi tierra en los escritos de Jesús Fernández Santos, me pregunto si no habrá calado entre nosotros, los segovianos, una especie de desmemoria del presente; si no actuaremos como viejos hidalgos amansados por la lectura de folletos turísticos. Al final, la ciudad viva nos la tienen que escribir otros.

domingo, 09 de febrero de 2014

 Akihito es emperador del Japón desde enero de 1989, así que ya han pasado veinticinco años desde aquella clase. La profesora de Redacción Periodística, una señora no muy joven, ni muy brillante, ni muy exigente, ni nada en especial, nos puso a todos a escribir sobre el traspaso de poderes en Japón. Yo rellené el folio y medio para salir del paso, sin contar apenas nada y adornando los párrafos con todos los lugares comunes que se me ocurrieron, excepto lo de la mirada oblicua y lo del sol naciente. En resumen, escribí una verdadera castaña. Por eso me sorprendió que, en la clase siguiente, me invitase a leer a mis compañeros la redacción. Le dije que prefería no hacerlo, y repuso que entonces la leería ella. Así pues, la leí. Y sí, era una verdadera birria; eso sí, una birria bien puntuada y sin faltas de ortografía.

Esta profesora poco carismática, que vestía como Tootsie y no como un corresponsal de guerra fuera de órbita, sabía cosas que los periodistas primerizos no estábamos preparados para comprender. Que, si seguíamos en esto, lo que ya sería una suerte, escribiríamos cientos, más bien miles, de textos tan vacíos como aquellos que nos pedía. Que, además, tendríamos que asumir que, siendo torpes y banales, esos textos eran nuestros. Y que, a pesar de todo, volveríamos una y otra vez a sentarnos con el respeto intacto ante un próximo folio que tampoco sería extraordinario, pero al menos debería bien puntuado y sin faltas de ortografía.

A veces, solo unas pocas veces, en este tintineo del teclado, en la rutina del trabajo, sale un texto más preciso que los demás. Solo a veces. Así crece el oficio, el del periodista o el del zapatero, tanto da. En repetir una y otra vez la misma música, sin distraerte demasiado, porque si te crees que ya la conoces de memoria y te descuidas vas a hacer mal tu trabajo. La rutina del artesano exige concentración.

Ahora que está de moda, tal vez como siempre, juzgar y dar la vuelta como un calcetín a la educación, cada día desayunamos con las llamativas propuestas de expertos, consultores y especialistas. Escucho sus atractivas fórmulas, y me pregunto si se puede aprender sin repetición, sin aburrimiento, sin recibir una inmediata recompensa a cambio. Me pregunto también si es posible adquirir y sostener un oficio sin repetición, sin aburrimiento, sin una aparente recompensa a cambio. Bueno, sí que hay una recompensa. Pero de ella te das cuenta mucho más tarde.

sábado, 28 de diciembre de 2013

La cita es los martes a las cinco, en la parroquia. Antes de que abran ya hay una mujer, que aguarda con las manos en los bolsillos.  Tras la ropa oscura y la melena descuidada está el rostro de una chiquilla. Solo levanta la mirada cuando llega la voluntaria de Cáritas, a la que muestra un sobre doblado. Contiene palabras que no comprende del todo, pero sabe que significan “no”. Cuando salga del salón parroquial, la chica cansada llevará una bolsa grande con legumbres, arroz, cola-cao, aceite y una barra de de turrón, porque los feligreses se han acordado de que, si es Navidad, lo es para todos. Necesita la comida, pero sobre todo quiere que alguien escuche su historia, la de una mujer todavía muy joven que ya no siente rabia, ni despecho. Se siente derrotada.

En este barrio, que no es el más rico pero ni mucho menos el más pobre de la ciudad, el grupo de voluntarios está en contacto con cerca de sesenta familias que viven con grandes dificultades.  Han hecho un mapa para atender a cada una al menos una vez al mes: hay una veintena de calles, así que programan de cuatro a seis calles cada martes, lo que significa una media de doce familias por tarde. De cinco a ocho, en una sala con una gran mesa rodeada de sillas de todos los tamaños y colores, hablan sobre lo que ha pasado desde su último encuentro. Que han recorrido los polígonos sin encontrar trabajo. Que necesitan pagar la medicación del niño, que tiene asma. Que han vuelto a beber más de la cuenta. Que no pueden asumir los recibos de la luz o del gas (la calefacción ninguno puede permitírsela, así que este invierno se han repartido más mantas que nunca). Un par de ellos responden al estereotipo de marginado que es incapaz de someterse a la disciplina de vivir en sociedad. Pero el resto quería ser como los demás y en algún momento todo se torció. Gente obrera, que no ha levantado cabeza desde la debacle de la construcción. Pensionistas con hijos y nietos a su cargo, que trabajan más que nunca. Hombres separados que han roto con todo, profundamente solos. Madres con hijos, que les acompañan mientras son pequeños, y que desaparecen y se avergüenzan de su situación cuando llegan a la adolescencia. Mujeres inmigrantes sin nada pero que quieren seguir viviendo aquí, en un país en el que nadie puede decirlas que valen menos que un hombre.

Cada uno de ellos aguarda su turno para llevarse alimentos en su vacío carro de la compra, y para que una voz les recuerde que la pobreza no puede arrebatarles la dignidad. El otro día las cifras del paro mejoraron una milésima en el barrio, porque una mujer que hace ya demasiado tiempo perdió su trabajo de administrativa tenía un contrato de limpiadora. Aunque sea por pocas semanas y doce horas al día, estaba contenta. Por eso entran dudas de que la botella esté medio llena o medio vacía dependiendo solo de cómo lo vea una; salvo que seas rico, el trabajo ayuda mucho. Sólo en los cuentos infantiles la pobreza se resuelve llenando el estómago. Pobreza es también no tener calor, ni teléfono, ni medios para poder desplazarse; pobreza es vivir en una casa con goteras y con el baño estropeado.

Hay martes que los voluntarios se van a casa tocados. Ojalá pudieran arreglar los problemas con la misma facilidad que reparten cartones de leche y paquetes de galletas. Escuchan a las sesenta familias que lo pasan peor en un barrio de una ciudad de un país lleno de gente que no ve futuro más allá de la crisis. Pero el futuro está ahí, el martes que viene. Un nuevo día para intentar ayudar.

 

PD.- Gracias al equipo de la parroquia vallisoletana de Sto Tomás, por guiarme en este artículo.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Antes de que cerrara definitivamente Vallés, compré a precio de saldo algunos de los libros que quedaban en las estanterías del levadizo del local. Uno de ellos era de cuentos infantiles, de la editorial Toray, en una colorista edición ilustrada por María Pascual. Una de las narraciones se titula Los naranjos del Alcázar, y transcurre en el Alcázar de Segovia, en los tiempos en los que era morada de Alfonso X. Cuenta en sus páginas que el rey Sabio recibió de un mercader árabe como regalo dos pequeños naranjos, que trasladó a Segovia, para disfrutar en primavera de la belleza y perfume de las flores de azahar. A partir de ahí, se cruza en el relato la historia de amor entre la hija del jardinero real y un joven y tímido paje, que, tras alguna vicisitudes y como cabe esperar de todo cuento infantil que se precie, acaba en casamiento.

Despejado el destino de sus protagonistas, la pregunta que surge es si la historia que cuenta fue verdadera, o al menos verosímil. En el Alcázar han crecido rosales y picoteado pavos reales pero ¿hay, hubo o pudo haber naranjos?  “Lamento comunicarle que no ha habido ni hay ningún naranjo en el Alcázar”. Esa fue la respuesta, concisa y precisa, remitida amablemente desde el Patronato del Alcázar. Ningún vivo recuerda tal circunstancia. Claro que podría, al menos, existir alguna referencia, alguna leyenda que lo mencionara. Podría existir, porque, como señala Antonio Ruiz, que se conoce el Alcázar del derecho y del revés, Alfonso X pasaba muchas temporadas en Segovia, y era una persona “sumamente curiosa”. Un hombre como él, que tenía a su equipo de traductores para absorber la sabiduría de los pueblos “infieles” podría también haber querido traer a su alcázar un pedazo de la belleza de los patios de las mezquitas, aunque sólo fuera un par de tiestos con pequeños naranjos amargos. Y pudo hacerlo, y esos naranjos pudieron atravesar el frío invierno de la meseta y soportar las mañanas de escarcha si el jardinero del rey, que no sabemos si tenía una hija enamorada de un tímido paje, supo buscar el lugar adecuado para que en primavera floreciera el azahar. Porque resulta que a pocos metros, en el Romeral de San Marcos, ha aguantado mucho tiempo un citrus, protegido como en un invernadero natural gracias al abrigo prehistórico de una cueva caliza y los rayos de sol del mediodía.

Sí, la historia que recogía este cuento escrito en Barcelona hace más de cuarenta años y que nunca había escuchado antes podía ser real. Pero también podría ser sólo fruto de la imaginación del autor. El libro no daba demasiadas pistas. En letra pequeña, mucho más pequeña que el nombre de la autora de los dibujos, ponía: Cuentos de siempre. Adaptados por Eugenio Sotillos. Sotillos había sido jefe de redacción en Toray en los años sesenta, en plena efervescencia del tebeo. Cuentan lo que trabajaron con él que era una “esponja” que asimilaba todo lo que veía o leía; también, que muchas veces a partir de un título elegido al azar su imaginación construía el guión entero.

Cuando los tiempos del tebeo quedaron atrás, Sotillos, que no esperó para escuchar mis preguntas y falleció hace algo más de un año, siguió escribiendo textos de todo tipo, entre ellos adaptaciones para cuentos. Entre ellos, Los naranjos del Alcázar. Puede ser que se inventara la historia de cabo a rabo, o puede que lo que Eugenio escribió un día, a cambio de un jornal, ocurriera así en realidad. Porque con Alfonso X tampoco he podido hablar.

 

Gracias: a todos los que responden a mis peregrinas preguntas, y en especial a Manel Domínguez, que compartió los despachos de Toray con Eugenio Sotillos en los años sesenta y que ha compartido también conmigo sus recuerdos.

Las ilustraciones son del libro mencionado, editado por Toray en 1985 (era la décima edición).

 

Introduzco (el 27 de febrero de 2014) un mensaje que he recibido que aporta nueva información sobre lo que cuento en el artículo. Información que amablemente me ha trasladado Juan Manuel Santamaría y que a continuación reproduzco:

 "El Ateneo segoviano convocó un concurso literario, el año 1931, al que Eduardo Navarro Cámara presentó varias leyendas en verso, una de ellas La flor de azahar. Y no pasó nada más, pues nadie se hizo eco de ella ni la transmitió en forma alguna hasta que Gustavo Manrique de Lara, residente en Barcelona y autor de varias antologías, la incluyó en una, publicada el año 1971.

Contaba que Fernando III el Santo, al conquistar Sevilla, se trajo como botín unos naranjos que fueron la envidia de cuantos los vieron. El embajador de Francia le pidió alguno para su rey, pero no los consiguió. Se los pidió luego a su hijo Alfonso X, pero tampoco. Sobornó a un paje enamorado de la hija del jardinero y una noche robaron macetón. Alfonso les sorprendió, les mandó detener, les interrogó y, al saber que el robo se hacía por amor, corrió con los gastos de la boda condenándoles a una penitencia, que llevase en la ceremonia un ramito de flores de azahar. Y de ahí nació la costumbre... De Manrique de Lara la tomó Sotillos..."

sábado, 21 de septiembre de 2013

En 1923 María González Morales tenía catorce años, y también un hoyito en la barbilla. Guapa y fina, como se decía para definir ese algo que eleva a unas mujeres sobre el resto, camino de casa pasaba muchos días frente a la puerta del almacén de bebidas que Felipe García tenía en San Marcos. Así fue cómo el padre de Nicomedes llegó a proponer a la madre de la casi niña María que fuera la protagonista de la etiqueta del anís que envasaban los García. Durante varias tardes, hija y madre bajaron desde Zamarramala, donde vivían, hasta las puertas de la Vera-Cruz, donde la niña posó bajo el sol, vestida de segoviana, para un pintor ya reconocido en aquella época, Lope Tablada de Diego.

Dice una de sus hijos, Carmen, que María no daba demasiada importancia a esta historia, que le convirtió en el icono de Anís La Castellana y quizás en la chica segoviana más conocida en el mundo. En los últimos años, María solía comentar que esa de las etiquetas ya no se le parecía, que no era la misma que al principio. Que ya no era la joven que su memoria recordaba. Sin embargo, con cambios apenas perceptibles, María siguió siendo la mujer de ojos profundos y sonrisa breve de La Castellana. Una mujer grave, plantada y orgullosa, frente al irreverente protagonista del Anís del Mono, o la sosaina del Anís de La Asturiana.

María vivió noventa años en carne y hueso, y otros noventa impresa sobre la botella más clásica de Segovia. Porque hace bien poco fue sustituida por otra joven, cuando, a principios de 2012, la compañía estadounidense que actualmente es dueña de ésta y otras muchas firmas de bebidas decidió hacer un nuevo diseño de la botella. Se cambió algo el vidrio y la cápsula; se eliminó la vitola y el collarín del cierre pero, sobre todo, se modificó el dibujo de la etiqueta. Paisaje y chica se edulcoraron y estilizaron, para convertirlos en un agradable y perfecto dibujo animado.

Como el cambio fue de un día para otro, Carmen se dio cuenta tomando un café que la botella de La Castellana que había al otro lado de la barra no parecía la misma de siempre. Fue a un supermercado, y comprobó que la chica ya no era su madre. Rebuscó en tiendas y así se hizo con la única botella con la etiqueta original que conserva en casa. A la hija de la modelo no podía convencerle aquel súbito cambio. No es un tema material, porque si la obra se escapa con el tiempo de las manos y propiedad del artista ¿qué pobres derechos asisten a quien le sirve de modelo? Al menos, quede escrito el recuerdo de María, aquella chica segoviana.

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