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Vine a Valladolid como de paso y llevo ya 14 años. Es ya la tierra de mis hijos, así que también es la mía. En este blog me gustaría averiguar por qué los kilómetros que separan Valladolid de Segovia se hacen el doble de largos que los que hay de Segovia a Madrid, aunque la distancia sea parecida. |
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Don Miguel de Uña y Anta emigró de su tierra, Cerecinos de Campos (Zamora), y se trasladó a Valladolid. En 1860 abrió un almacén de coloniales, con tostadero de café y planta de envasado de sal y, con el tiempo, como reza una publicación de la Cámara de Comercio pucelana, llegó a ser “uno de los mayores contribuyentes de la ciudad”, lo que sin duda es el mayor compromiso y orgullo que un buen empresario puede ostentar. Hacia 1900, ya incorporados al negocio sus tres hijos, se fue centrando en la fabricación de chocolates, primero en una planta en la plaza de Cantarranas y, a partir de 1952, en las instalaciones de la avenida de Burgos. Por entonces esa arteria de salida de la capital era casi campo; cuando, tras las navidades de 2004, se elaboró la última partida de bombones, la fábrica estaba en pleno polígono, sumergida entre concesionarios de coches y talleres. Se comentó entonces que en su lugar iban a construir viviendas, pero hoy, año 2013 de la era de la crisis económica, sobre las cerradas puertas de la factoría sigue reinando el elegante logotipo chocolatero: “Uña”.
El primer sabor que conocí de Valladolid fue el de las lenguas de gato que creaban en este lugar maravilloso, dispuestas en formación dentro de cajas con gatitos mimosos dibujados. Un lugar en el que se creaban lenguas de gato, paraguas y reyes magos de chocolate, vestidos con elegantes papeles plateados y coronitas de cartón de San Cayetano, no podía ser una fábrica cualquiera, al igual que el chocolate no es un alimento más. Si no, la casa de la bruja de Hansel y Gretel hubiera sido de patata o de jamón serrano, que también se comen. Pero es que el chocolate se eleva un escalón más, supera la pirámide alimentaria y pasa a otra dimensión. Eso lo saben los niños, y también los adultos, por eso en Uña inventaron el bombón cortado, un bombón ejecutivo, que no desentonaba en las mesas de negociación de directivos encorbatados. Leo que en 1993 Uña tenía cuatrocientos anillos de envoltura distintos, para atender los pedidos de diferentes empresas. Agromán, por ejemplo, la famosa constructora, envolvía los bombones de avellana, trufa, almendra, café y naranja con nombres como “encofrado”; “adoquín”, “panderete”, “paleta” o “tabicón”.
Me cuentan que en Uña había unos trabajadores tan concienzudos y entregados a su misión chocolatera como los Oompa Loompas de Willy Wonka, el asombroso dueño de la fábrica de chocolate imaginada por Roalh Dahl. Muchos de esos empleados, mujeres en su mayoría, en un equipo que se triplicaba desde el verano hasta el momento cumbre de demanda, la Navidad, habían entrado con dieciséis años y conocían cada detalle de la alquimia del cacao, desde su tostado hasta su puesta de largo y brillante envoltorio.
El mundo es grande, lo sé, y una compañía más grande se merendó a Uña, y en algún sitio al norte del país se siguen haciendo bombones cortados bajo la misma marca. A mí no me preguntaron, pero me hubiera opuesto. Cada ciudad se merece pan, trabajo y cobijo para sus gentes, pero para que sean capaces de soñar necesitan unas onzas de chocolate. Hoy también hay cientos de “Charlies”, el protagonista del libro de Doahl, resignados a tomar patatas y repollo para el almuerzo, y sopa de repollo para la cena. Y como aquel niño, necesitan crecer con la posibilidad, pequeñísima pero posibilidad al fin, de encontrar dentro de una chocolatina un billete dorado que les permita, al menos durante los minutos que la mordisquean, hacer una excursión a un mundo mejor.
Nota: Gracias a dos amables ex empleadas de la fábrica he conocido alguno de los datos que incluyo, y también he podido fotografiar estas etiquetas tan bonitas.
En los cuentos, las ciudades lejanas tenían palacios cubiertos de marfil y piedras preciosas, fuentes que manaban vino y árboles con frutas desconocidas y exquisitas. Eran esas las historias que nos mecían en la infancia, como ahora nos mecen otras, más amargas. Hace poco, hablando con una persona bien informada, se lamentaba, seguramente con toda la razón, del abandono de su tierra. “Y mientras, –me decía– ahí están en Valladolid, derrochando el dinero de todos. Si será la cosa que me han contado que para pavimentar una sola plaza han empleado no sé qué losetas de una piedra que cada una cuesta una cantidad indecente de dinero”. No sé qué cifra dijo, indecente desde luego, y no sé si cierta, porque no hay quien eche la vista cinco, diez años atrás, sin quedarse efectivamente de piedra de lo que se gastaba. Pero lo que se quedó meciendo mi oído fue esa versión algo torpe de la leyenda de siempre, de que en otra tierra mana la leche y la miel. Solo que ahora acariciar esa posibilidad, bastante remota y casi siempre irreal, no conlleva ya la esperanza de una meta a alcanzar, sino el odio y el deseo de que haya un culpable de todo cuanto nos hace sufrir.
Yo cogería a mi interlocutor y buscaríamos juntos esa plaza mítica, a ver si los vecinos que cada día la pisan se sienten privilegiados por ello. Le llevaría de paseo por esta ciudad que puede ser rica en burocracia, pero que tiene más pobres (así, a lo bruto, por número lo adivino) que ninguna otra de la región. Ahora que los brillos han desaparecido, Valladolid vuelve al “polvo eres”. Vuelve a ser un ordenado páramo, en el se compactan la arena y nacen los terrones, pero huérfano de esas piedras fenomenales con aroma a granito Guadarrama que tenemos en Segovia, que emergen o se sumergen según la vegetación de cada estación y que nos hablan del pasado indómito de esta tierra. Segovia nació sobre granitos, pizarras y cuarcitas, y Valladolid llegó tarde y se quedó las miguitas de la mesa, las calizas, los pedernales y los yesos, los humildes obreros de la mineralogía.
Si el mundo fuera Segovia y Valladolid y a partir de ahí sólo quedaran las estrellas enanas, podría pensarse que esta diferencia rocosa, y no aguantar la monserga sobre si hay o no sentimiento regional, justificaría la segregación. Mas, si somos consecuentes, siguiendo el mismo argumento abandonaríamos Valladolid, pero tendríamos que ajuntarnos con la Cabrera leonesa y el Aliste zamorano, vía pizarra; con Ávila y Salamanca, por la alianza del granito, con algún bordecillo de Burgos y Soria, por cariños calizos... Quedaría así Valladolid flotando, como un huevo frito en medio de la meseta.
“Puede decirse, de forma rotunda, que Valladolid es la provincia más pobre en minerales”. Eso lo he encontrado en Internet, y lo dice un experto geólogo vallisoletano en un ataque de sinceridad de enorme mérito, porque el hecho de que su tierra carezca de lo que ama no le ha llevado a envidiar ni a despreciar a la de al lado. Hartos como estamos de gentes que cantan una y otra vez las excelencias y los privilegios que se merece su ciudad, su pueblo, su barrio o, aún más privativo, su propia casa o su misma mismidad, yo creo que este hombre debería ser premiado con una dirección general; qué digo, con la presidencia de la interplanetaria en su totalidad. Con gente como él, y con una buena piedra como punto de apoyo, te digo que movemos el mundo.
Pie de foto: Meto unas fotitos, la primera de granito de Villacastín, la segunda de pizarra de Bernardos, y la tercera de caliza de Campaspero.
Cumple años el instituto donde estudié. Veo las fotos en los periódicos, y apenas reconozco a nadie. Ni siquiera recuerdo quién era el director del centro por entonces; mucho menos cómo se llamaba el director provincial, o el ministro de educación de turno, y mira que le hicimos protestillas, porque en esos años también parían leyes que nos sonaban a gastar menos y hacer peor las cosas. Sin embargo, recuerdo perfectamente los cuernos de chocolate y los bocadillos de tortilla XL del bar, un bar en el que en esos tiempos permitían fumar; incluso algún profesor lo hacía en clase, cágate lorito. Me acuerdo también de los corchos con carteles anunciando bailes en la discoteca, de las puertas pintorrojeadas de los baños, con poemas cursis y algún dibujo cochino, lo típico de adolescentes con la imaginación desbordada… Pasan por mi mente caras de profesores de los que no recuerdo su nombre, el miserable triángulo que descendía por un plano inclinado, las cartas de Catilina, y las teorías de Guillermo de Ockham. Y sobre todo me acuerdo del momento en el que un profesor de Historia, en plena euforia de “Otan no, bases fuera”, nos hizo esta incómoda pregunta: “Vale, no queremos armas, no queremos Otan. Pero, ¿y si ahora los americanos no quieren comprar nuestros zapatos de Elche?”. Ese fue un misil en toda regla contra la línea de flotación de nuestra pueril inocencia, y podríamos decir que a partir de ahí, una no dejó de valorar las cosas desde ese prisma: todo es muy bonito hasta que los americanos dejan de comprarte los zapatos, así que ahora ten valor para vivir con el ideal y con sus consecuencias.
Es raro encontrar a alguien que no tinte de nostalgia su etapa estudiantil. Se juzga con extrema severidad a esos chicos de hoy “que no aprenden nada y están todo el día con el tuenti” y se ensalza, más con el corazón que con el cerebro, la educación del pasado, curiosamente la que recibió uno, fuera poca o mucha. Tendemos a idealizar lo propio y a pensar que nuestra formación fue modélica, más que fruto de la necesidad y de las peculiaridades del momento, así que me es difícil, pues, valorar si lo que yo aprendí era mejor que lo que se aprendió en el centro de al lado o lo que se aprende hoy. Pero sí puedo afirmar que mi paso por el Andrés Laguna fue de los mejores que he dado en mi vida. Primero, porque fue el primero que di conscientemente. Yo venía de un colegio de niñas y quería ir a ese instituto que en Segovia llamaban “el masculino”. Y no porque imaginara cientos y cientos de ligues potenciales, no, seguí el impulso del que crece de llevar la contraria, de averiguar cuáles son tus fuerzas yendo a contracorriente.
Y en ese instituto diurno y nocturno, de escaleras y aulas con alguna persiana que otra siempre escacharrada, me encontré con el mundo. Con chicos y chicas que venían de aquí y de allá, de barrios y de pueblos. Que vivían con sus padres, con su tía, con sus abuelos, con sus hermanos, en una residencia, con casi niñas que no conocían quién era Mecano pero sabían conducir un tractor. Con chavales a los que les costaba entender explicaciones sencillas, que percibían que el sistema pronto les dejaría en la estacada, pero no se hacían mala sangre con ello. Descubrí que había compañeros, muy poquitos por entonces, que se apuntaban a ética, y así una iba pensando que en la vida se podía ser así, “asao” y de cualquier otra manera. Y que además esas diferencias eran las que hacían interesante el camino.
A punto de acabar COU, en lugar de un birrete con pompón y un diploma, como en las graduaciones actuales –que ya hay que ser pedazo de hortera–, nos dieron un papelito con las posibles orientaciones profesionales. A mí me pusieron filosofía y periodismo; cogí lo segundo, pero de la primera alternativa me llevé mi yo y mis circunstancias. Mis circunstancias fueron durante cuatro años las del Andrés Laguna, del que salí sin duda sabiendo más pero, sobre todo, siendo más libre, provista de un buen saco de dudas y de preguntas. Si será la cosa que todavía no he conseguido responder a aquella que nos lanzó un profesor cabreado, y que nuestra clase convirtió en frase lapidaria: “¿Pero estáis tontos o qué?”. Pues sí, los estudiantes de entonces también estábamos tontos, o tal vez estábamos qué.
PD. He dado muchas vueltas para escoger una canción, de tantas que me recuerdan aquella época. Al final he elegido esta de Mecano porque en BUP hicimos un análisis sintáctico y semántico de su letra, para mayor gloria de Nacho Cano.
Hay calles con pedigrí y otras que se dejan hacer, calles plastilina, calles tupperware, calles bolsa de plástico a la espera de contenido. Calles sin turista que las fotografíe, que se postran como un escenario de la madrugada a la noche a la espera de que alguien las pise. Calles vulgares, por las que una no sabe si va a pasar o ya pasó y, sin embargo, por las que pasa cada día, sin más. Entre todas las calles sin más de Valladolid hay una súper, el Paseo Zorrilla, exactamente 3,3 kilómetros sin personalidad aparente. Nace a los pies de la estatua del poeta del mismo nombre, y serpentea a lo largo de 364 números en su margen derecha, 221 por la izquierda, hasta desembocar en las que llaman “puertas de Valladolid”, dos vigas de colores clavadas en una rotonda al sur de la ciudad, en una zona que hasta hace pocos años era tierra de cultivo, pinares y campos de tiro, y hoy es área de adosados y de pista de pádel.
En el Paseo Zorrilla está escrita la historia que nadie se molestó en escribir de los últimos cien años de Valladolid. El trazado habla de un inicio brillante, con las puertas del Campo Grande en una acera y la portada rimbombante de la Academia de Caballería en la otra. A partir de ahí, empieza la sucesión de edificios que en su día fueron sustituidos por otros edificios, altos y más altos, blancos, grises y rojizos, sin más orden que las hileras de plátanos y el corte del cielo.
El Paseo Zorrilla es un container en el que entra todo, hasta la Plaza de Toros y el estadio de fútbol, aunque éste en los ochenta se lo llevaron a las afueras y en su lugar plantaran un Corte Inglés. Justo a sus puertas la vía ya no es tanto paseo y se vuelve más avenida y carretera, más coche y menos gente.
No teniendo nada prácticamente que recordar, la calle para un segoviano tiene un mérito extraordinario: unas aceras anchísimas, en las que cabe una Calle Real y media y todavía queda sitio para meter un par de terrazas. Por eso en el Paseo Zorrilla se vive a lo ancho, tomando como referencia la próxima calle que cruza. En un solo ancho del Paseo Zorrilla cabe un mundo, en un minuto la ciudad es la miseria que pide en una esquina y al minuto siguiente es una pandilla de adolescentes ruidosos, y un poco después una señora muy mayor con bastón, y detrás un comercial con zapatos puntiagudos y una corbata pistacho dentro de un traje demasiado grande.
Hay quien, por intentar abarcarlo a lo largo en vez de a lo ancho, desapareció tras ser engullido por el Paseo Zorrilla. A mí estuvo a punto de pasarme la primera vez que vine, ese día de la marmota en el que no paraba de pasar por el mismo banco, el mismo plátano, el mismo cajero automático y el mismo portal con suelos de mármol. Pero yendo a lo ancho ya no me pierdo. Reconozco a la gente que a las siete y media va a trabajar, la que a las 8,30 va a sellar a la oficina del paro, la que a las nueve menos cuarto lleva a los niños al colegio, la que a las nueve y media aguarda para comprar la primera barra de pan en el supermercado, la que a las diez lleva el petate con la colchoneta para el gimnasio. Gente que tiene un plan para cada día, planes pequeños que resisten a chaparrones y rachas de viento frío.
A las once, en esa calle huérfana y larga, aparece un rayo de sol y parece que la mañana se endereza y el ceño de peatones se afloja. Y pasa la mañana, y vuelve la gente a casa a comer, o a lo que sea, y sale de nuevo por la tarde a hacer un recado muy pequeñito, un recado de crisis, y a la altura de García Morato o del Matadero se encuentra con un vecino y habla un rato. Y por la noche se recoge en sus casas, y en la noche profunda, salvo que pase el camión de la basura, una pareja de patinadores o un tipo demasiado raro, que no se sabe si trasnocha o si madruga, el Paseo Zorrilla no es más que una calle anodina y oscura, sin más, que un coche rápido se ventila en siete minutos.
Otra mañana fría de febrero. En la radio cuentan que Burgos se levanta a bajo cero, León cubierto, Soria congelada, Valladolid con viento frío. “Nieva en Segovia”, resume la voz de Alfredo. Y cuando nieva en Segovia ya no me importan las inauguraciones, ni las denuncias, ni las comparecencias parlamentarias. Sólo pienso en que el suelo de Segovia está blanco, que apenas hay movimiento en sus calles, que por unas horas allí lo único importante es la nieve, y que los vecinos se tienen que conformar con mirarla por la ventana y esperar.
Si pudiera traerme a Valladolid una sola cosa de Segovia serían esas mañanas de nieve que te hacen sentir torpe, inútil y paciente. Pero la nieve no se puede importar a esta tierra en la que cae contadísimas veces, que es materia de conversación invernal –“¿te acuerdas la última vez que cuajó?” – y un anhelo permanente de vallisoletanos que, si pueden, se escapan al puerto de Béjar o al norte de Palencia en plan colonizador, “a pisar nieve”.
En esta mañana fría, desde Segovia viene un puñado de viajeros en el tren veloz, vienen bandejas de fresas tempranas, viene un hombre en furgoneta y descarga a las puertas de una carnicería del Paseo Zorrilla media canal de cerdo segoviano. Asoman en los lineales de los supermercados cruasanes y ensaimadas fabricadas en Segovia, refulgen en las barras de bar botellas de whisky Dyc y de Anís de la Castellana. Pero ni rastro de la nieve. Hay que conformarse con la niebla mañanera y, de cuando en cuando, con alguna cencellada. Pero eso no para el ruido. Los coches siguen por las calles y los niños aprietan el paso para llegar a tiempo a la escuela; no hay ninguna excusa para quedarse en casa y perder una mañana de clase. Porque aquí casi no nieva, y si nieva, no cuaja, y parece que la nieve en Valladolid se sueña, de lo pronto que desaparece.
En estos días congelados, lo que echo de menos de la nieve de Segovia no es pisarla, es ser niña y no poder salir de casa.
Nota: después de colgar el post, descubro que existe ya una canción con el mismo título. Así que me parece justo incluir aquí el vídeo del sr. Borha Ramone.