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Conexión Campo Grande | por Teresa Sanz Nieto
foto Vine a Valladolid como de paso y llevo ya casi veinte años. Es ya la tierra de mis hijos, así que también es la mía. En este blog me gustaría averiguar por qué los kilómetros que separan Valladolid de Segovia se hacen el doble de largos que los que hay de Segovia a Madrid, aunque la distancia sea parecida.
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domingo, 15 de mayo de 2016

La lluvia intensa ha arrastrado a los turistas en esta tarde de viernes de mayo y ahora que asoma el sol las canonjías brillan solo para mí. "Estar en Inglaterra, cuando la primavera está también allí". Como Robert Browning, abro mis sentidos a este inesperado regalo. En el talud de los jardines de Fromkes refulgen los lilos y los lirios, en sus apenas quince días de belleza. No sé si su floración obedece a los afanes de los jardineros; si es así es su mayor logro que a un ojo inexperto, como el mío, el resultado se contemple como silvestre. En este 2016, pese a todo, el cielo considera que los segovianos nos mereciéramos esas flores espontáneas y caprichosas. Y nos enciende de verde la hoya del Clamores para que podamos creer que ha sepultado un castillo dormido, o quizás la cueva de un ogro poco vegetariano, pese al entorno.

Un grupo de turistas desnortados hace fotos, y me pregunto si ven lo mismo que yo; o si veo yo lo mismo que ellos. Eso sería aún más difícil, porque este paisaje lo he recorrido tantas veces que se mezclan mis percepciones de la infancia, de la adolescencia, de un día estúpido, cansado o sublime, como éste. Sí, la vida pasa a veces entera por nuestros ojos, en un rostro, en un sendero, en unos muros de calles estrechas en las que pensé que viviría y hoy son una parte más de ese paisaje ajeno y a la vez propio.
Es muy posible que si Segovia hubiera sido menos bella, más utilitaria, más común, pero mi ciudad de cualquier modo, me hubiera arañado la nostalgia de la misma forma. En todas las calles hay edificios que recortan el cielo, y el cielo es universalmente hermoso. Pero bueno, soy de aquí, de este sitio al que vienen tantos extraños con mochila para completar su soledad, su compañía, su estómago, su día, o lo que sea. Y casi nunca tengo la ocasión de pasear por mi ciudad sin gente, porque yo no estoy aquí ni los lunes, ni los martes, ni los miércoles o jueves, y en los fines de semana la normalidad es la excepción.
Así que este día echado a perder por la lluvia, que ha fastidiado los planes de la gente próspera, que ha mermado las cifras de visitantes y ha hecho levantar las terrazas... que me perdone el Patronato de Turismo, pero ha sido un día espléndido.

miércoles, 11 de mayo de 2016

“Segovia, verano de 1936. El abuelo arroja violentamente el periódico y suelta una palabrota”. Es la primera frase de Celia en la Revolución, que Elena Fortún terminó de escribir en 1943. No se publicó hasta 1986 y estaba descatalogado hasta que, hace un par de meses, ha vuelto a las librerías. En sus páginas está la Guerra Civil desprovista de estrategias militares y heroísmos, la guerra cotidiana, que arrastra cualquier ilusión de orden en la vida de Celia, adolescente de familia bien pero no rica, de padre republicano pero conservador. Es la guerra de los que no se habían preguntado nunca si eran comunistas, o fascistas.

“En la Academia están encerrados y no quieren salir. Y unos dicen que pa arriba y otros dicen que pa abajo, y se tiran tiros con bala, y han matao a uno en el Azoguejo”, dice Valeriana, su fiel asistenta. “Aquí han vencido los sublevados, y en Madrid no... abuelo. Estamos incomunicados”. A su abuelo, con el que vive junto a sus dos hermanitas desde que murió su madre, le fusilan una madrugada. Y allá se va Celia con Valeriana y las niñas, escapando en burro hacia Madrid. De noche abandonarán la ciudad y el Acueducto, y la madrugada les recibirá pasando Fuentemilanos y Otero, sintiendo la frescura de los regatos y el sol de julio “que en Castilla quema en cuanto sale”.

En Madrid no le esperara la calma, sino la confusión (también fusilan a su primo, falangista) y la necesidad, que pronto se convierte en forma de vida. La revolución es cómo racionar la comida y aliñar unos tallos de lechuga para que parezcan chuletas. La resistencia es, después de muchos meses de peregrinación de casa en casa, ponerse una camisa blanca planchada y reconocerse en el espejo como una mujer joven y bonita.

La historia de Celia no es la de su creadora, Elena Fortún. Pero sí discurren paralelas. Elena Fortún ya estaba casada y había tenido dos hijos, aunque uno de ellos murió antes de que estallara la guerra. Como Celia, vive un tiempo en el exilio, en Argentina. Como su personaje, está unida desde la infancia a Segovia. El padre de Elena, de nombre real Encarnación Aragoneses, era de Abades, pueblo que visitó de niña, y también pasó veranos en Ortigosa del Monte.

Cuenta Nuria Capdevila-Argüelles, una de las editoras de la Biblioteca Elena Fortún, que Segovia era la paz para Encarna. Cuando estaba en Buenos Aires, su querida amiga, Matilde Ras, le enviaba en los sobres tomillo, cantueso y romero, para que su casa oliera a Segovia y a Castilla. El aroma le llenaba de consuelo: “¡Cómo huele mi armario! Abrirle y comenzar a caminar por la sierra de Guadarrama es todo uno. Me pone alas en el alma. Mándame otro paquetito de tomillo y cantueso en cuanto puedas”. Nuria menciona una carta conmovedora en la que cuenta su regreso al campo segoviano, y su primer paseo por el campo, llorando el dolor de la guerra, el exilio, el regreso y la muerte de su marido, en Buenos Aires.

Como apunta la frase de Rilke que Encarna cita en uno de sus libros, “En la vida no hay clases para principiantes. Enseguida nos exigen lo más difícil”. Andando sobre la cuerda floja, por encima del dolor y la pérdida, lo que permanece es ese olor a cantueso cosido en las ensoñaciones y juegos de infancia. Elena Fortún sabía mucho de contar cuentos, y estaba convencida de que si se lograba instalar en la mente de los niños la poesía, ese manantial les alimentaría hasta la vejez. Pasados los años, pasada la guerra, Encarna volvió a España y a escribir más cuentos para amansar a los niños en las tardes de sol, a la sombra de los árboles del Riofrío.

Notas:

  • Celia en la Revolución está editado en Renacimiento, 2016
  • Sobre las cartas de Elena Fortún y Matilde Ras: El camino es nuestro, edic. Nuria Capdevila-Argüelles y Mª Jesús Fraga. Fundación Banco Santander 2015
  • Gracias a Nuria por su amabilidad y ayuda para recabar información sobre el vínculo segoviano de Elena Fortún.
miércoles, 10 de febrero de 2016

Compré por cinco euros tres libros en un mercadillo benéfico. El más viejo de ellos era Oliverio Twist o El Hijo de la Parroquia, de Carlos Dickens, una edición de 1921 de Apostolado de la Prensa. En las guardas, y cada docena de páginas, llevaba impreso un sello oval con el depósito: ‘Hospicio Provincial - Biblioteca Niños - Valladolid’. Puede que las tapas no fueran las originales, pero las páginas estaban en buen estado. En la página 28, alguien había escrito con lápiz y letra cursiva: Modesto. Hasta el capítulo IV, Modesto fue marcando con una cruz por dónde interrumpía la novela; a partir de ahí, por lo que fuera, no siguió leyendo, o lo hizo sin dejar huella.
Durante 128 años el hospicio de Valladolid estuvo en el Palacio de los Benavente. Fue abandonado cuando en 1975 se derrumbó parte del edificio, que tras su rehabilitación se convirtió en la sede actual de la biblioteca de Castilla y León. Carmen, o Paco, que hoy rondan los sesenta, se acuerdan bien de aquellos años, pero no de que existiera ninguna biblioteca. "A lo mejor las monjas te decían: lee este libro. Eran ellas las que te lo dejaban”, dicen. Pero no recuerdan una biblioteca a su disposición; apenas la enciclopedia Álvarez, y algún mapa desperdigado. En sus tiempos de hospicio, por los años sesenta, sumaban más de quinientos niños y niñas, cada cual en su ala, separados. Tras la primaria, salían a estudiar fuera del centro, o bien aprendían un oficio. En Valladolid, como en muchos otros hospicios, había talleres de tejidos, zapatería, ebanistería e imprenta. Unos cuantos permanecían trabajando para el centro, o para la diputación, que lo gestionaba. "Niños de la casa", les llamaban. Los que carecían de rastro familiar eran registrados como "San José", el patrón de la cofradía protectora de los expósitos, un apellido todavía hoy frecuente en Valladolid.
Cuando mi libro llegó, en los años veinte, el número de hospicianos superaba el millar. El precioso palacio de recreo de los Condes de Benavente, residencia de dos Felipes reyes, con sus torreones y su patio renacentista, no tenía siquiera cristales en las ventanas. Si alguien preguntaba por un niño muchas veces no sabían darle razón de él: moría una decena cada día. "Tal como vivían, no hace pensar que hubiera libros a disposición de los alojados". Lo dice Heliodoro Pastrana, que ha estudiado a fondo los archivos provinciales, y también imaginado la desolación que reflejan. "Con la República, hubo un cambio grande, por fortuna", dice.
Mi libro, eso creo, superó modesto en un rincón el paso de Primo de Rivera, la República, la guerra cruel, y la larga dictadura. Cuando el hospicio se declaró en ruinas, se llevaron al nuevo centro los papeles imprescindibles, los que tenían que ver con la administración y contabilidad hospiciana. Una novela vieja no era tan importante, y se saldaría como papel o libros de viejo. En algún sitio estuvo hasta que le dieron esta penúltima patada hasta el mercadillo de una ONG, hasta alcanzar mi estantería.
“Sus lágrimas no eran amargas, pues el dolor que había en sus almas se dulcificaba por el feliz desenlace de sus penas”. Me pregunto si alguno de aquellos pequeños llegó a leer esas líneas. Si este libro les sirvió de consuelo.

Nota: La fotografía del antiguo hospicio procede de los fondos de la Fundación Joaquín Díaz.

martes, 12 de enero de 2016

Conocí a David Bowie cuando llevaba trajes de lino cruzados y flequillo rubísimo. Es decir, tuve que esforzarme para conocer qué había sido de su vida anterior, porque yo apenas había hecho nada más que comenzar el instituto, pero él llevaba ya un largo camino. Las primeras cintas las compré en el puesto del mercado de los jueves, en esos expositores en los que se mezclaba Juanito Valderrama, Iván y Barón Rojo. Space Oddity y Hunky Dory. Otro jueves pillé Ziggy Stardust. Había oído que era su mejor trabajo y también que era sorprendente, así que no supe hasta mucho después que la cinta no sonaba a estornino loco por voluntad del pobre David, es que estaba dañada. Eran cosas que pasaban entonces, porque no había ninguna posibilidad de acceder a canciones si no era grabando un trozo de la radio, o comprando el álbum completo. De aquella manera de despertar a la música conservo la desconfianza hacia esas recopilaciones de grandes éxitos que a otros les resultan tan manejables, pero que trocean la obra tal como la imaginó su creador.

Con frecuencia escucho a gente influida por un maestro, y eso es hermoso. David Bowie, ese hombre que no sé si pisó Segovia, ni siquiera para hacer una foto al Acueducto, fue para mí uno de esos maestros. Un tío que podías escuchar para acompañar la adolescencia, y que a medida que madurabas –o solo cumplías años–, iba avanzando más deprisa que tú. No sé que votaba ni qué pensaba de los tories: era poco prolijo en sermoneo, él estaba en otra dimensión. Pero te dejaba pistas, como los buenos maestros, para que tiraras por ti mismo de la cuerda de la música, de la literatura, del arte como una de las pocas posibilidades de refugio. Todo brillante, todo nuevo, todo muy lejano de la monotonía gris castellana.

Se ha muerto David Bowie, sin duda demasiado joven; como morimos todos, antes de tiempo. Pero qué canciones deja.

miércoles, 26 de agosto de 2015
Las puertas de la biblioteca están, como siempre, abiertas. Pero da igual. Hace semanas que está en cuarentena, como los suelos recién fregados, como los bancos que acaban de pintar. Nadie para por allí, aunque las estanterías están repletas de libros, los habituales más los que solían estar en las casas de los lectores. Nadie lee una página, y nadie lo hará ya, al menos en esta biblioteca. Porque una biblioteca no son solo los volúmenes, no son solo los trabajadores, ni siquiera son sus socios. Trasplanta a todos ellos a otra tierra y seguirán vivos, los niños crecerán y los mayores seguiremos insatisfechos. Pero retén el orden de los géneros en los vasares, memoriza las escaleras de madera, registra cómo crea sombras sobre los libros la luz que entra por la ventana enrejada, acuérdate de la lagartija campando a sus anchas por el patio mientras hacías cola para sacar pelis de Disney porque eso ya no estará, se esfumará como tantas cosas que pensábamos que nos acompañarían siempre.
El nuevo edificio será grande y útil; espero que cobije a nuevos lectores, que se preguntarán cómo es posible llevarte a casa tanto por tan poco. No te piden ni un céntimo, solo una tarjeta con tu nombre escrito. Habrá salas luminosas, sillas ergonómicas y mesas de diseño, cierto; también rampas y ascensores para los que no pueden caminar, y eso es de justicia. Sé que el milagro de la biblioteca no cambia, da igual que clasifiquen los libros con tarjetas escritas a mano, códigos de barras o rastreando el ADN. Es lo que tienen los milagros: que te pueden maravillar o importarte un pito. Algunos pensarán que si hay 200 novelas y 200 personas lo mejor es que cada uno se lleve una a su casa, para que la proteja bajo cuatro candados. Pienso justo lo contrario, que aun habiendo un solo libro mejor sería compartirlo entre doscientos. Y aún podríamos invitar a más gente a compartir nuestra historia.
En fin, que cierran la biblioteca y ponen otra, pero permítanme los futuros inaugurantes añorar lo que se entierra. Oigo que están purgando los libros, retirando no solo y como es habitual a los que están en mal estado, sino también a los que apenas se leen, salvo que pese al desprecio de los lectores entren en el canon de grandes obras. Libros demasiado nuevos por falta de uso y libros demasiado viejos por muy prestados se podan para que el árbol crezca sano y competente. A lo mejor algunos de mis preferidos están en ese purgatorio, porque nunca he necesitado hacer cola para sacar un libro. Una biblioteca entierra a otra, así es. La que entierran es la mía, en la que aprendí a buscarme en los libros.
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