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Apuntes Angoleños | por Alberto Martín Huertas
foto Largo y ancho es el mundo, pequeñas e insignificantes las distancias, cuando, el destino te monta en un avión y te lleva de un rincón a otro. De Asia a África, pasando por Sudamérica... esos son los lugares donde, desde que dejé Segovia, desde entonces hasta hoy, la vida me ha ido llevando. Y ahora, desde Angola, me gustaría compartir con vosotros unos tramos de este camino que recorro, con los ojos bien atentos, los oídos bien afinados y sobretodo, y siempre, la mente bien abierta.
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miércoles, 9 de marzo de 2016

En el año 2012 la Unión Europea recibió el Premio Nobel de la Paz por su contribución al avance de la paz, la reconciliación, la democracia y los derechos humanos. Pocas veces una distinción quedó obsoleta en tan breve espacio de tiempo. Más lejos aparecen aún los tiempos en los que el proyecto europeo era percibido como un avance en la integración de todos en un espacio común, donde desde las diferencias se planteaban argumentos compartidos y la desigualdad era entendida como un origen contra el que avanzar. Poco queda hoy de todo aquello - o tanto que cuesta ya encontrarlo - entre las imágenes de la vergüenza y los acuerdos de la repugnancia.

Desde la absoluta manipulación se nos incita a creer que la avalancha de refugiados es incontrolable, nuestras capacidades de asilo extremadamente limitadas y ante semejante caos, y siempre por el bien de los refugiados, la mejor salida es externalizar la gestión de la tragedia a cambio de lo que hace ya demasiado tiempo aparece como nuestro único principio y valor: don dinero. Ofrecemos millones de euros por alejar aquello que no queremos ver, aquello que nos muesta nuestras miserias y nos obliga al sonrojo permanente. A la pura vergüenza.

Nos dicen que los responsables son los países europeos del este, radicales y xenófobos, quienes, olvidando un pasado muy reciente, se negaron a cumplir las cuotas asignadas. Hoy continúan negándose, dejando muy claro que ningún refugiado entrará en su tierra llegue desde Grecia, Turquía o Marte...ante el silencio y complacencia de los que nos autodenominamos como justos.

Nos repiten que llegan en masa engañados por mafias sin corazón. Y nadie plantea la creación de un corredor fiabe que garantice su seguridad.

Nos insisten en que su acogida provoca un efecto llamada, pasando por alto que la única llamada verdadera es salvar la vida, la propia y la de los suyos.

Nos recitan que los recursos de acogida en Europa son muy limitadas, olvidando que según los datos de ACNUR, de los 60 millones de refugiados que existen en el mundo el porcentaje que acogen países como El Chad o Uganda son superiores a los de una Europa que confunde la caridad del adinerado que lava su conciencia entregando una monedas a los pobres con la solidaridad de quien está dispuesto a compartir por el orgullo de lo justo.

Al igual que pagamos por enterrar nuestros residuos tóxicos en países bien lejanos, dejando que sean otro quienes sufran las consecuencias de nuestro desmesurado consumo, pagamos hoy a Turquía para que se haga cargo de los que – nunca lo olvidemos – huyen de bombas y morteros y ya perdieron todo lo que un día tuvieron. Les deportamos sin garantías, sin principios ni conciencia. Asumimos nuestra incompetencia imaginando la competencia de los otros. Reconocemos nuestra incapacidad para gestionar nuestros compromisos – distribución de 160 000 refugiados – suponiendo que Turquía – en la actualidad acoge a 2,3 millones de refugiados – garantiza una gestión digna. En una oda a la deshumanización planteamos un intercambio de personas a modo de coleccionista. Por cada persona entregada a Turquía acogeremos a un refugiado a cambio. Solo sirios. Catalogamos hasta las miserias.

Resulta pavoroso el calado del discurso de la hipocresía, aquél que reconoce la injusticia pero asume ésta como única solución posible. Olvidando que la otra opción hoy rechazada pasaba por compartir servicios públicos y calles con los recién llegados. La verdadera pregunta es cuántos estarían dispuestos.

Si es este el camino escogido por Europa, poco merece la búsqueda de calificativos que la definan. A llegado el momento de escuchar al maestro Galeano: Que paren el mundo, que yo me bajo.

 
miércoles, 22 de julio de 2015

A dios rogando y con el mazo dando, decía con frecuencia mi santa abuela. A nuestro queridísimo Ministro del Interior el refrán le ha caído que ni del cielo y, en su enésimo alarde de divina empatía, niega el asilo político a más de 4000 refugiados sirios y eritreos.

Al parecer, al país con un crecimiento económico potencial envidiado mundialmente, ya casi fuera de la crisis gracias a sus excelentes gestiones, no le salen las cuentas a la hora de repartir un poco con aquellos que no tienen nada. Sí, porque está gente realmente no tiene nada, lo tenían y lo perdieron. Sus casas, sus familias, sus ahorros y hasta su patria. Supongo, al amparo de sus declaraciones y actitudes, que para el beatísimo Ministro el vivir acurrucado al sonido del mortero, despertarse al estallidos de las bombas, escuchar las AK47 del ISIS a la vuelta de la esquina, no supone, en absoluto, un efecto salida. La verdadera razón por la que se deciden a huir (que no venir) es la política de la UE y sus descabelladas ideas de fontanero. El perverso efecto llamada.

Al pasajero detalle de que estás personas (que no simples números) ya están aquí, hacinados en Italia y Grecia, cabe añadir que no se van a ir, principalmente, porque no tienen a donde. Alguna solución, desde una lógica no muy compleja, habrá que dar a tan desgraciado asunto. Quizá, el sabio Ministro ya encontró la fórmula pero a penas logró ser escuchado: que los que tanto protestan los metan en sus casas. A la vista de la brillante afirmación una conclusión parece clara: a Ministro llega cualquiera.

Irlanda, país que no entraba dentro del reparto, ha decidido de manera voluntaria acoger a 1120 refugiados. Otros muchos, casi todos, cumplen con las cifras asignadas e incluso las superan. Nosotros, en un ejemplo ruin e deplorable, nos negamos. Bien es cierto que Hungria y Austria ni a uno han aceptado. Quien no se consuela, es realmente porque no quiere.

Hoy en la prensa, justo en la página vecina, aparece que por fin Grecia recibió los siete mil millones esperados, para al día siguiente devolver más de  mil en intereses. Será este el verdadero concepto de solidaridad y Fenandez Díaz, al acudir cada domingo a su misa en Tarancón, ha descubierto asombrosamente un nuevo catecismo en el cual su jefe Mariano marca los dogmas ante los que postrarse: ¨ Una cosa es ser solidario, y otra es serlo a cambio de nada¨. Nos persignamos entonces, y nos marchamos.

 
martes, 18 de febrero de 2014

El mar continua escupiendo cadáveres a una orilla donde no los quieren. Allí llegaron huyendo de donde les tocó nacer. Culpables del simple hecho de haber llegado al mundo en una orilla y no en la otra. En un costado están ellos, los que embargan su todo en la desesperada procura de un futuro. Ponen sus vidas en manos de desalmados que, usureros de las miserias, reciben los miles de euros exigidos para transportarles de un lado a otro. Y en el otro costado estamos nosotros, los que hace un rato nos creíamos potencia y ahora lloramos la mentira, el no fue verdad, el nunca fuimos lo que pensábamos y nos creímos lo que nos contaron. Y en el medio, entre unos y otros, colocamos vallas con cuchillas y ordenamos disparar a los que se acercan.

Buscar solución a la inmigración ilegal exige entender, o al menos intentar, el origen del problema. La frontera que separa España, en particular su ciudades autónomas Ceuta y Melilla, de África es la segunda más desigual del planeta, solo por detrás de la que delimita las dos Coreas. Está división separa dos mundos que en grandes generalidades se entienden por el mísero sur y el rico norte. Lograr un mínimo equilibrio entre ambos extremos conlleva el desarrollo de un sur que, siendo realistas, se antoja utópico y a muy largo plazo. Son muchos los esfuerzos por mejorar la vida de los que mañana podrían lanzarse, desesperados, a la corrientes del mar, o a las terribles cuchillas. Proyectos sostenibles, programas de desarrollo, políticas de cooperación inundan países del sur en búsqueda de oportunidades para sus poblaciones. Analizar los logros y progresos de estas actuaciones es fuente de un debate infinito. Lo que no parece muy discutible es afirmar que las personas que dejan atrás sus familias y hogares lo hacen obligados por el contexto que los rodea. Basta con echar un vistazo a nuestra España. Como miles de jóvenes hacen las maletas buscando fuera lo que no encuentran dentro. Emigran a Alemania, a Inglaterra a Francia... a aquellos lugares donde puedan trabajar, o investigar, hacer al fin y al cabo lo que desde hace un tiempo aquí ya no encuentran. Pero ellos lo hacen en vuelos de bajo coste y con su D.N.I en la mano. Al llegar al departamento de inmigración muestran sus documentos y cruzan la frontera a la espera de su equipaje. Nadie les empuja, persigue o dispara. El amigo Schengen les avala en los primeros pasos de su nueva vida. Disponen de todo el tiempo que sus ahorros puedan comprar para estudiar el idioma, realizar las primeras entrevistas, comenzar un periodo de prácticas y hasta lograr un buen trabajo con un buen sueldo. La gente no los señalará por la calle, no se echarán la mano al bolso a su paso ni les miraran con rareza al entrar en un bar o restaurante. Si caen enfermos se les atenderá. Las circunstancias son las mismas pero las realidades muy diferentes, pero muchos, aún viendo como ahora son los nuestros quienes se ven obligados a salir, no aceptan a los quieren entrar. No se trata de abrir fronteras y pase usted caballero, bienvenida señorita. Se trata de otorgar un mínimo de dignidad a quienes, literalmente, se juegan una vida que parece valer tan poco.

Recuerdo a un compañero que, en Angola, comentaba como a todos aquellos que, incluso negando ser racistas, inundan sus discursos con frases tan patéticas como ¨la mitad solo viene a robar¨, ¨no quieren trabajar¨, ¨lo que les pasa es que son unos vagos¨... el estado debería pagarles viaje y estancia en alguno de los barrios o aldeas donde vive esta gente. Quizá ese dinero estaría mejor invertido que cualquier programa de ayuda oficial al desarrollo.

Murieron quince personas. El Director de la Guardia Civil nos dice una cosa y el Ministro del Interior nos dice otra. Y Bruselas pide explicaciones. Y nosotros también. Pero nadie nos las da. Nos cuentan que se siguieron los procedimientos, el protocolo de actuación, y se utilizaron métodos anti disturbios ante unos disturbios inexistentes. Tan peligrosos se les considera que luchando por salir a flote en un mar que los arrastra se les debe disparar, con un margen de 25 metros, eso sí, faltaría más. Qué no somos desalmados. Vamos a misa los domingos.

De todo lo sucedido se pueden sacar mil y una conclusiones... siendo la más cierta y triste la que muestra que, de ser blancos y con D.N.I los quince muertos, estaríamos ante un conflicto internacional, los que han mentido en la calle y los que no aclaran lo sucedido sentados ante un tribunal... lo que viene a ser lo que todos ya sabemos... que la vida de unos vale mucho más que la de otros...

 

 

 

 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Narra un anuncio de una cadena Sudafricana que en África se encuentran los paisajes más impresionantes de la tierra, la mujer más bella del universo (Miss Universo 2011 es Angolana) y la persona más admirada del planeta. Dicho así en frío podría resultar egocéntrico y hasta exagerado. Las dos primeras afirmaciones pueden llevar a debate, aquellos que viajaron por distintos rincones del mundo estarían en disposición de rebatir la cuestión de los paisajes, los gustos personales de cada uno haría imposible confirmar quién es la más bella, sin embargo, en la tercera de ellas, la más arriesgada de todas, nadie osaría a poner un pero. Adquirir el rango de persona más admirada del planeta es un concepto que escapa a razonamientos terrenales. Tanto se ha escrito sobre Mandela que todos, algunos más y otro menos pero todos, conocen lo básico de su historia. Aquella escrita entre injusticias, luchas, vejaciones, perdones y reconciliaciones. Crónicas de vida y epitafios de muerte copan periódicos de cualquier rincón del planeta. Los más sentidos son escritos aquí, en África.

Mandela fue un símbolo para el mundo y un padre para África. Consiguió lo que nadie se atrevió a intentar. Ejemplificó lo que nadie se ha propuesto copiar. Mientras el mundo llora su muerte Sudáfrica teme sus consecuencias. No es posible creer que la muerte del mito, del hombre que forjó el milagro, quedará en funerales multitudinarios. Una vez desaparecido el símbolo el país debe comenzar a caminar por sí solo. La gran pregunta es hacía donde. Sin la mirada del que les mostró la ruta algunos comienzan a pisar su legado exigiendo la venganza que nunca les fue concedida. Otros consideran que la quimera no resultó, que los tiempos pasados fueron mejores y la realidad ha mostrado que la igualdad pregonada solo sirvió para otorgar derechos a quienes no los merecen.

Cualquiera que visitara Sudáfrica en los últimos años pudo observar que entrar en un restaurante y encontrar negros y blancos en una misma mesa exigía varios vistazos. Las personas que limpian las calles, atienden en los supermercados, controlan los parkings, sirven en los bares, todos ellos son negros. Los dueños de los establecimientos, por su parte, son todos blancos. Dicen que el camino es largo y el pasado reciente. La igualdad comienza por el respeto y en un país donde hace veinte escasos años ni los baños eran compartidos aceptar la convivencia puede considerarse el inicio de una nueva página. Es ahora, sin la mirada del mito, cuando todos deben honrar el legado que afirman admirar. Lo que consiguió Mandela solo puede ser entendido como un milagro y en las manos de todos los sudafricanos está que con el tiempo sea recordado como el comienzo del viaje.... y no como una lejana leyenda.

martes, 10 de diciembre de 2013

El té no estaba tan caliente como a él más le gustaba, pero aún así, comenzó a beber pequeños sorbos mientras abría una nueva carta de las muchas que cubrían su escritorio. La mayoría tenían por remitente jefes de estado, gente poderosa a quienes sus eficaces ayudantes habían recordado que un día como aquél, hace ya 93 años en una pequeña aldea de apenas 300 habitantes nacía Rolihlahla Mandela, después llamado Nelson por los ingleses, en honor a su famoso almirante, y más tarde Madiba, en tono cariñoso por su amado pueblo.

A la insistencia de su ayudante en dejar en sus manos la ardua tarea de contestar personalmente todas y cada una de las cientos de cartas que había recibido, Mr Mandela contestaba con una amplía sonrisa mientras abría un nuevo sobre... el que se encontraba en ese momento es sus manos no era como el resto, no tenía escudo oficial ni sello de embajada, en su interior una única hoja, una única frase escrita a mano con imprecisa caligrafía; Estimado Sr Madiba; ¿valió la pena?... Mr Mandela dejó su pluma sobre la mesa, se quitó las gafas que desde hacía ya tiempo necesitaba para trabajar y reclinó su cansado cuerpo sobre la cómoda butaca, y entonces, tras unos segundos de dudas, cerró los ojos y comenzó a recordar, comenzó a repasar los días vividos como si el tiempo volviera a pasar de nuevo antes sus ojos, sus primeros años en su pueblo natal, Mvezo, en su pequeña choza sin camas ni mesas compartida con sus dos hermanas y su trabajadora madre, la cual, cuarta esposa de un marido con sangre real, ante la falta de pan para todos envió a su único hijo lejos, a Qunu, lugar donde podría estudiar y aspirar a una vida mejor, los recuerdos se solapaban y Mr Mandela trataba de poner orden , su primera esposa, a la que luego seguirían una segunda y una tercera, sus seis hijos, en especial Thembi, el mayor de todos, al que no pudo dar su último adiós cuando el gobierno le prohibió asistir a su entierro, sus estudios sobre leyes en la universidad, la firma de abogados que creó (la primera en el país fundada por negros), sus primeros años de militancia política, largas tardes de debates imaginando un mundo mejor en el que blanco o negro son solo colores y no distinción entre quiénes tienen derechos y quiénes solo obligaciones... los años en la clandestinidad, viajes en la sombra...y la cárcel, primero unos meses, luego unos años y la última más de dos décadas, 27 años, 18 en aquella isla de nombre Robben, en su diminuta celda con el número 46664 impreso en el pecho... Mr Mandela pegó otro sorbo de té mientras sus pensamientos le devolvían a las duras tardes de invierno picando las piedras cuyo polvo tanto daño haría a su ya cansada vista, a las tardes de verano unido a sus compañeros buscando fuerzas para mantenerse en pie ante torturas y vejaciones, a las mañanas escribiendo cartas que nunca serían enviadas... a tantos y tantos días esperando, esperando que aquél sueño que siempre pareció tan lejano algún día fuera una nueva realidad... realidad que pareció llegar cuando pudo caminar libre, expresar sus ideas libre, ganar unas elecciones libres, ... pero aún tan lejos, tantas veces pensaba, cuando todo eran trabas, tantos los problemas, tan inabarcables los desafíos... 16 años después de ser elegido presidente, ya en la vejez, allí, sentado en su cómoda butaca, Mr Mandela volvió a coger su pluma, una hoja en blanco y escribió, con letra clara y pulso firme, Estimado amigo, sin duda, sin duda que valió la pena.

(Artículo publicado en este blog el 22 de agosto de 2011)

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