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Al otro lado de la sierra | por Jose María Ayuso
foto Hace 20 años que me vine a vivir "al otro lado de la sierra" pero en todo este tiempo no ha pasado un solo mes en el que no haya estado al menos un fin de semana en Segovia.Esto me ha permitido mantener vínculos permanentes más allá de la familia y ser testigo de los cambios que Segovia ha ido experimentando. Desde esta situación quiero contaros mis reflexiones.
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viernes, 14 de enero de 2011

Siempre me ha fascinado esta palabra, cargada de esperanza, de nuevas oportunidades y, sobre todo, de futuro. Para los que vivimos al otro lado de la sierra su significado tiene menos carga emocional porque la frecuencia con la que retornamos a Segovia nos permite relajar la emotividad de nuestros encuentros. A medida que aumenta la distancia en el tiempo o en el espacio así se incrementa la intensidad de su significado. También es cierto que la distancia impide que la rutina sature nuestros vínculos y convierta en una carga la cotidianeidad.

Volver con los amigos de Madrid a recorrer el Eresma desde la Vía Roma hasta la Fuencisla, paseando por la Alameda, el puente de San Marcos y ofrecerles el regalo de la visión espectacular y majestuosa del Alcazar desde el punto más bajo de su proa. Retornar por la Vera Cruz y la vereda que la une al Monasterio del Parral mostrándoles la cara sur, la más bella de Segovia, una imagen que nada tiene que envidiar a la de la Alhambra de Granada vista desde el mirador de San Salvador. Llegar a la Plaza de San Lorenzo, coqueta, acogedora y elegante para repostar en Casa Paco, refugio de futboleros de distintas edades y oficios paladeando el tiempo compartido entre la cerveza, el ron, el dominó y el mus.

Volver a encontrarte con los amigos de la tierra en comidas navideñas iniciadas hace tres décadas en las que, año tras año, hemos cambiado de restaurante, de perímetro abdominal, de agudeza visual, de tamaño en la frente pero nunca de ganas de celebrarla. Volver a la comida de Boletus Edulis en donde programamos los encuentros primaverales en los que cultivamos la vieja pero firme amistad.

Volver a la ciudad milenaria que, atrevida y coqueta, desafía el paso del tiempo con pociones mágicas en sus monumentos y calles para acogernos con la seguridad de que las ausencias no la perturban en su imagen y, como Penélope, tejerá y destejerá hasta que nuestros legisladores nos dejen volver con una edad en la que el júbilo de la pensión permita conjugar el pretérito perfecto de tan significativa palabra.

Volver para ver que el lento caminar de la ciudad y la provincia no es una forma de morir lentamente sino de vivir sin prisas, de saborear el paso del tiempo en escenarios que cambian solo lo necesario para que la vida sea un poco más cómoda.

Subidos al tren de la fugacidad han pasado los años escapando al control de nuestra consciencia, furtivos en la espiral del tiempo en el que los giros concéntricos se viven cada vez con menos recorrido sin margen para detener su velocidad. Y siempre presente la palabra volver.

jueves, 4 de noviembre de 2010

En la primera mitad de los años ochenta, un día oí por la radio una nota de prensa del obispado de Segovia en la que se condenaba la obra Teledeum que el grupo catalán Els Joglars iba a representar en el Instituto Andrés Laguna. El comunicado, como a otros muchos, encendió mi curiosidad y me incitó a ver la obra, pero cuando fui a comprar las entradas pude comprobar que otros muchos habían actuado como yo y las entradas se habían agotado.

No pude ver aquella obra pero con el tiempo he podido disfrutar de otras como Ubú president, Daaalí y El retablo de las maravillas. Estas dos últimas en el Teatro Juan Bravo y sin la publicidad de la representación eclesiástica.

El coautor del libro “Dios los cría…” es el director del grupo Els Joglars, Albert Boadella quien, de nuevo, se ha visto favorecido, otra vez sin financiarlo, por la publicidad gratuita que, con intención de censurar, se ha dado a su libro, como yo estoy haciendo ahora. Me pregunto si no habremos caído en una trampa similar, gracias al cebo de los párrafos en los que su compañero de redacción se reconoce como posible pedófilo y presunto prescrito pederasta.

Debe quedar poca gente que no conozca el contenido polémico del libro tanto en la parte descriptiva de su relación con las muchachas japonesas como en la reflexión sobre sus deseos de haber sido objeto de abusos sexuales por parte de “una novicia, una monjita maravillosa”.

No voy a entrar a valorar estos contenidos ni la obra literaria del autor de los mismos porque ya hay mucho dicho y escrito con visiones dispares, pero sí me gustaría transmitir el desasosiego que produce ver a personas como ésta, subidas a púlpitos públicos vociferando arengas moralizadoras e inquisitoriales, condenando a diestro y siniestro, creando corrientes de opinión a base de dar por ciertos hechos que no se pueden demostrar, con insinuaciones y medias verdades que permiten la condena popular de los rivales ideológicos o mediáticos con el dinero de los contribuyentes madrileños. Ha sido presentador de un noticiario en la televisión pública madrileña y ahora lo es de un programa cultural en donde no ha perdido oportunidad de alabar a los suyos, a los que le mantienen y le defienden de lo indefendible y criticar a los contrarios con pobre argumentario.

Dice el presentador y coautor del libro que "Esa anécdota ya había sido referida por mí, al hilo de los últimos cuarenta y siete años, en infinidad de conversaciones privadas, de entrevistas públicas y de algún que otro libro. Puedo demostrarlo. Mi familia, mis amigos y mis lectores ya la conocían. Nunca motivó reproche alguno. Sólo risas". Esto es parte del problema, la cantidad de advenedizos, faltos de criterio, siempre dispuestos a reír unas chanzas, por muy fuera de tono que sean, en espera de una prebenda, lo que ocasiona tales excesos de confianza en los charlatanes que a veces les lleva a decir lo que piensan. El autor de las lindezas puede decir lo que ha dicho y los responsables políticos de la Comunidad de Madrid no han dudado en defenderle.

Éste es un síntoma más de una patología gregaria de moda, el seguidismo. Ya no importa lo que se diga, o lo que se haga, lo importante es quién lo dice o lo hace. Da igual el signo político, ideológico o religioso. Todos tienen incontinentes verbales en sus filas y todos aguerridos defensores. Si perteneces a un grupo fuerte, ya sea político, sindical, empresarial, religiosos o mediático, éste te sacará de apuros. Si el alcalde de Valladolid, del Partido Popular, se manifiesta de forma soez en referencia a una ministra socialista, no pasa nada, se aguanta unos días el chaparrón y aquí paz y después gloria. Si el alcalde de Getafe, del Partido Socialista, insulta groseramente a los votantes populares, se piden unas disculpas y pelillos a la mar. Los contrarios salen en bandada a acusar al charlatán y los afines a defenderle con flacos argumentos y, unos y otros, suelen terminar con aquello de “y tú más”.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

La función sindical es un bien imprescindible en cualquier democracia que se precie y así se contempla en la constitución española. Su implantación ha permitido la defensa de los derechos de los trabajadores y la consecución de mejoras laborales y sociales incluso en el periodo predemocrático en el que, a pesar de su clandestinidad, mantuvieron una lucha heroica en defensa de los trabajadores aun a riesgo de terminar en la cárcel.

Un líder sindical ha dicho que en un día como ese prevalece el derecho a la huelga sobre el derecho al trabajo. Eso debe ser porque la huelga la convocan los sindicatos y en ella se juegan parte de su maltrecho prestigio más aún después del fracaso obtenido en la convocatoria realizada para los trabajadores de las administraciones públicas.

Aunque muchos representantes sindicales suelen desempeñar su labor con interés y eficacia intentando mejorar los derechos de sus compañeros, los hay que buscan en su cargo sindical unas prebendas que en su día se establecieron para facilitar su labor y protegerles ante posibles revanchas empresariales. Esas actuaciones de dudosa ética, tal vez minoritarias, han favorecido proclamas como la de la Presidenta de la Comunidad de Madrid anunciando una regularización de las horas sindicales y de los liberados sin que la población se alarme ante una posible pérdida de derechos de representación.

Si las grandes centrales sindicales han mantenido un cuestionable silencio mientras las cifras de paro crecían de manera desproporcionada, si una parte importante de sus ingresos han venido de las arcas públicas, si conocían los proyectos del gobierno para llevar a cabo la reforma laboral y los términos en los que ha sido aprobada y no han hecho nada, si la ciudadanía en general se encuentra distanciada de los sindicatos, es fácil entender que la convocatoria de huelga no haya tenido éxito, algo de lo que tardaremos en enterarnos.

A las siete y media de la mañana la M-30 tenía más tráfico que cualquier otro día y a esa misma hora los líderes sindicales nacionales decían por la radio que la participación estaba siendo del cien por cien.

Ante las perspectivas de fracaso han puesto en marcha su recurso más convincente, los piquetes informativos, el eufemismo con el que se disfrazan algunos matones que ponen en circulación sus instintos cavernícolas rompiendo lunas de coches, pinchando ruedas insultando, amenazando y amedrentando a sus compañeros o a los empresarios que deciden no secundar la huelga. Eso sí, en grupo, que así se ejerce mucho mejor la cobardía.

El gobierno ha tomado medidas que dijo que no iba a tomar y ha reducido drásticamente los derechos de los trabajadores, la oposición se mantiene inerte esperando que la fruta madure y los sindicatos montan una huelga contra quien se ha mantenido complaciente con ellos. Mientras tanto los trabajadores siguen haciendo malabarismos para mantenerse en su puesto de trabajo o para conseguir uno y todos pagando los excesos de los que provocaron la crisis y se han ido de rositas.

Hay muchas razones para una huelga pero ninguna justifica que se obligue a nadie a secundarla. Es el momento de defender el sindicalismo pero sin renunciar a cuestionar a algunos sindicalistas.

jueves, 12 de agosto de 2010

El fin de semana en el que más muertes ha habido en los últimos meses. Nos da igual, es otro fin de semana en el que los accidentes, los muertos y los heridos forman parte de lo cotidiano, de la coletilla en las noticias, de las cifras que se dan con el mismo sentimiento con el que se cuentan los movimientos bursátiles de la semana o la previsión del tiempo para los próximos días.

Una carretera, un coche, un tractor, tres ocupantes y un muerto. La cosa cambia si el muerto es un chaval joven, hijo único de una persona conocida. En un momento todo se desvanece. Los consejos, las advertencias, los esfuerzos, media vida dedicada por entero a él y en un instante ya no hay retorno. Maldita carretera, maldito tractor y maldito el coche que se han unido para destrozarlo todo, para inundar de angustia permanente a unos padres que ya nunca serán los mismos.

No, para ellos ya no hay vuelta atrás, no hay lesiones medulares, ni rotura de brazos y piernas, no hay recuperación ni meses de rehabilitación, en su vida se ha instalado algo peor que la nada, la ausencia que lo ocupa y lo vacía todo al mismo tiempo.

Para los demás nos queda la pena y el miedo. La pena por chaval que deja toda una vida por vivir y por sus padres que perderán muchas ganas de vivir y el miedo porque todos estamos en el bombo de esta lotería macabra en la que las bolas están dispuesta para salir en cualquier momento.

No sé, ni quiero saber las circunstancias concretas del accidente. A sus padres y a él ya no les sirve de mucho saber si hubo un culpable, un imprevisto o una imprudencia y para el resto el tiempo irá difuminando la tragedia hasta convertirla en un suceso más asociado a un verano de un año cualquiera.

Esto es lo que ocurre día a día, oímos las cifras pero ignoramos las tragedias, tal vez apostados en la actitud ignorante o inconsciente de esconder la cabeza debajo del ala, esperando que de esa forma la tragedia pase de largo.

Se ha hecho de todo por concienciarnos de lo irreversible de muchos accidentes. Se nos advierte y se nos sanciona, se montan campañas publicitarias duras, a veces durísimas pero, a pesar de ello, seguimos bebiendo, conduciendo por los carriles de la izquierda, alcanzando velocidades muy superiores a los límites permitidos, adelantando temerariamente, utilizando el coche como arma intimidatoria, acosando al resto de conductores, fanfarroneando de cubrir distancias enormes en tiempos imposibles, como si todo lo que se dice respecto a una conducción prudente o las consecuencias de la conducción imprudente fueran dirigidas a los demás, como si el azar no se ocupara él solo de trazar conjunciones perversas para que ocurra una parte de los accidentes mortales.

Tengo la sensación de que nada de lo que se escriba va a servir para que alguien mejore sus hábitos de conducción ni para que unos padres desolados encuentren consuelo pero no quiero perder la oportunidad de intentarlo. Un abrazo para Mariano.

lunes, 19 de julio de 2010

Dirigentes del Partido Comunista Chino planifican llegar a un acuerdo con un país de África meridional para exportar a varios millones de chinos rurales con el objetivo de descongestionar la tensa situación que se está produciendo entre los campesinos por la falta de tierras para cultivar de forma rentable y su irritante descontento ante las diferencias económicas y de bienestar que, con la liberalización económica del régimen comunista, se han disparado entre la sociedad urbana e industrial y la rural y campesina. Al país africano le ofrecen una mano de obra trabajadora y cualificada para explotar las grandes extensiones improductivas, lo que ha de permitir un incremento de productos alimenticios suficiente para abastecer al país y capaz de terminar con la hambruna en la que se encuentra inmerso. Por supuesto, en toda esta transacción existen las correspondientes comisiones entre los dirigentes de uno y otro país y las mafias organizadas en su entorno.

Esta es parte de una trama secundaria de la novela El Chino, del autor noruego Henning Mankell que, a medida que pasa el tiempo, parece reflejarse en distintas zonas de Madrid, no con la población campesina china sino con los comerciantes.

Las grandes superficies primero y la crisis después han obligado a muchos comercios de pequeño tamaño a cerrar, sin embargo en poco tiempo vuelven a abrir de la mano de propietarios chinos, convertidos en pequeños supermercados en los que se puede encontrar de todo.

En Fuenlabrada, al sur de Madrid, ya se han hecho con gran parte del polígono Cobo Calleja en donde las naves venden de todo al por mayor y al por menor, olvidándose del orden y la estética pero con unos precios imposibles de encontrar en cualquier otro centro distribuidor.

En el centro comercial Parquesur, uno de los más grandes de España, han adquirido un local de grandes dimensiones en el que, salvo productos de alimentación se puede encontrar de todo. En el centro y la periferia de Madrid están adquiriendo bares y restaurantes tradicionales en los que se sirve comida típica española como la paella, los callos o la tortilla de patatas. Y lo último en adquisiciones ha sido el centro comercial Avenida M-40, una gran superficie que probablemente ocupe el doble que el centro comercial Luz de Castilla.

Es una colonización silenciosa, pero implacable. Con mano de obra barata, productos de importación, horarios de apertura interminables e imitaciones de dudosa calidad van generando un mercado donde nadie les puede hacer competencia.

La globalización se ha desarrollado muy deprisa en el movimiento de capitales y en la deslocalización de las empresas. Sin embargo estas prisas se han ralentizado en las condiciones sociales y laborales de los trabajadores en los países menos desarrollados y eso, antes o después, hay que pagarlo.

En China son más de mil trescientos millones de habitantes con desigualdades sociales más allá de lo que permitirían los manuales comunistas más elementales. Son muchos los chinos con ganas de mejorar y muchos los países en los que pueden hacer un hueco a su futuro. Ya se han cansado de trabajar muchas horas con sueldos de miseria para que empresas extranjeras se enriquezcan vendiendo en los países desarrollados lo que obtenían allí a costa de condiciones laborales abusivas. Ahora son ellos los que copian, fabrican, transportan y nos venden productos con los que difícilmente se puede competir.

En la Comunidad de Madrid ya hay más de cuarenta mil chinos censados y una extensa zona en el barrio de Usera que se empieza a denominar Chinatown, aunque no es el único sitio donde se agrupan. Ni China deja de crecer ni occidente de consumir. Si Europa no empieza a exportar derechos sociales y laborales y calidad de vida estamos condenados a que la dirección de la globalización se invierta y para sobrevivir terminemos con sus horarios, sus vacaciones y sus salarios.

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