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martes, 22 de diciembre de 2015
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Hace unos años visité el hermoso Museu da Língua Portuguesa en la Estação da Luz de Sao Paulo, que lamentablemente se acaba de quemar. Por aquel entonces quedé francamente impresionado con el orgullo y cariño que sienten los brasileños por su lengua. Afortunadamente, tengo entendido que el gobierno del estado de Sao Paulo, que era el responsable de esta gran institución cultural, ya se ha comprometido a reconstruir el museo. Recuerdo la poética definición de la muy portuguesa palabra “saudade” que ofrecía el escritor y politico Henrique Maximiano Coelho: “A saudade è a memória do coraçao” (La saudade es la memoria del corazón). Estoy seguro de que muchos brasileños sentirán saudade por esta enorme pérdida cultural, por mucho que se reconstruya. Y recuerdo también que aquel verano que visité el museo me pregunté cómo era posible que no se nos haya ocurrido hacer algo parecido con la lengua castellana en ningún país hispano. Me gustaría proponer aquí que, ahora que el ayuntamiento se plantea comprar el palacio de La Floresta, se considerara la iniciativa de construir un museo de la lengua castellana en Segovia (Madrid ya tiene suficientes museos) inspirado en el de Sao Paolo, no solo por su valor intrínseco, sino también para incrementar la oferta cultural de nuestra ciudad.

domingo, 26 de julio de 2015

Algún segoviano debió de pasar por las Filipinas. La Archidiócesis de Nueva Segovia comprende las provincias de Ilocos Norte, Abra, Ilocos Sur y Benguet. Fue erigida el 14 de agosto de 1595 por segregación de la Archidiócesis de Manila y en 1758 la sede fue traslada de Nueva Segovia (hoy Lal-lo) a Vigan, en la isla de Luzón.

Ahí queda la foto que saqué hace un par de años.

viernes, 9 de mayo de 2014

Hablando ayer con mi amigo coreano Woo Sukkyun, me comentaba que desde el pasado marzo Segovia es una ciudad bastante conocida en Corea, gracias a un programa muy popular llamado Grandpas over Flowers (un extraño título que significa algo así como Abueletes sobre flores). Cuatro abueletes de entre 70 y 78 años, que en realidad son actores coreanos famosos, van con un guía (otro actor famoso, pero más jovencito) de país en país. Después de haber visitado Francia y Taiwán, en la tercera aventura llegan a España, donde deben sobrevivir con unos setenta dólares al día, sin contar el transporte. Por ello, duermen en trenes, pensiones u hoteles de dos estrellas. Desde que salió el programa sobre el viaje a Taiwán, el turismo surcoreano a la isla ha aumentado notablemente, así que puede que ocurra lo mismo con nuestra ciudad.

En el octavo episodio llegan a Segovia donde comen cochinillo y les llama la atención lo de cortarlo con un plato que luego se rompe al tirarlo contra el suelo. Lo que parece que no les hace mucha gracia es lo de ver el animalito cocinado entero, en vez de que les traigan solo una porción. Luego van al Alcázar, admiran las armaduras, aunque se ríen de cómo cubrían sus atributos ("Es demasiado pequeño", dice uno de ellos) y suben a la torre. Por lo visto, el programa se hizo tan popular que una emisora china pagó los derechos para imitarlo con actores chinos. Esperemos que esto se traduzca en más turistas coreanos y sobre todo chinos, que, según dicen, son los que más dinero dejan en los países que visitan.

 

 

http://www.dramabeans.com/2014/05/grandpas-over-flowers-in-spain-episode-8-final/
miércoles, 2 de octubre de 2013

Alguna que otra vez mis amigos segovianos me han acusado de haberme vuelto demasiado políticamente correcto. Como responde mi hija a casi todo lo que le pregunto: puede que sí y puede que no. En fin, últimamente se me despiertan sentimientos ambivalentes cuando veo en los medios sociales bromas sobre "Españistán". Este a priori gracioso neologismo me desagrada un poco y voy a explicar por qué. Aparte de que denota un (justificado o no) fatalismo y una resignación que me parece un poco deprimente, también me recuerda a un comentario xenófobo y racista que escuché en Rusia el año pasado. A mediados de abril hice un viaje nocturno en tren litera de San Petersburgo a Moscú. Como se tardaba unas nueve horas en llegar, pensé que lo más cómodo sería viajar por la noche durmiendo. El tren salía a la una de la mañana, así que caí desplomado en una de las cuatro literas del vagón y no tardé en quedarme dormido.

Para mi desgracia (o mi suerte), al poco tiempo entraron tres hombres rusos y se pusieron a beber vodka alegremente, echando unas carcajadas escandalosas. Por mucho que la encargada de nuestro vagón les rogaba que bajaran la voz, no había manera: los tres amigos y su vodka se habían vuelto indomables. Dos horas después de intentar desesperadamente meterme los tapones aún más dentro del oído, decidí bajarme de la litera y decirles que ya estaba bien. Me bajé decidido y dispuesto a imponer la ley, pero inmediatamente uno de ellos, sonriente, me echó un brazo al hombro y con la otra mano me puso un vaso llenito de vodka ruso a los labios. Yo, claro, le dije que no gracias, que no eran horas. Sólo uno de los tres sabía un poquito de inglés rudimentario, las suficientes palabras para informarme de que se trataba de un brindis "¡Por Rusia!" En aquel momento no me pareció oportuno ofender el fervor nacionalista de tres señores borrachos, así que acabé haciendo el brindis de un trago, como ellos. No había puesto el vaso en la mesita todavía, cuando ya tenía el segundo vaso en los labios. Horrorizado les dije que yo lo que quería era dormir, que me esperaba un díaagotador en Moscú al día siguiente. Supongo que no me entendieron, pero mis gestos no podían ser más claros. Entonces, el traductor improvisado me dio a entender que en Rusia siempre se hacen dos brindis; no uno. Sí, claro, le dije, pero no hubo quien se resistiera a la insistencia de esos tres curiosos borrachines. En fin, luego insistieron en que era la penúltima, la última… y al final, el vodka empezó a saberme mucho más rico y llegué a Moscú cantando las glorias de la imperial Rusia.

A pesar del sueño que pasé al día siguiente, todavía tengo un grato recuerdo de aquella noche: de mi sorpresa al darme cuenta de que se acababan de conocer también ellos y al ver todo lo que se puede conocer de la vida de una persona que no habla tu idioma solo con las fotos en un ordenador portátil. La verdad es que no pudieron ser más amables: no me dejaron pagar el té del desayuno y uno de ellos, que iba a Moscú a una entrevista de trabajo, se ofreció amablemente a darme un tour de la Plaza Roja y el Kremlin. Desgraciadamente no era el traductor, sino un veterano de la guerra de Afganistán y cinturón negro de karate que apenas sabía dos o tres palabras de inglés. Entre las pocas que pude entender fueron las de "americanos imperialistas", al poco tiempo de decirle que vivía en California. Como sólo sé tres palabras en ruso, no me dio para informarle de que me parecía irónico que un ruso de mi generación acusara a nadie de imperialista. En cualquier caso, una vez en la Plaza Roja se ofreció a hacerme mil y una fotos, me dio su teléfono para que le llamara al día siguiente, me compró un icono carísimo de regalo y me enseñó cómo oran los cristianos ortodoxo. Yo no paraba de darle mis más sinceras gracias por su amabilidad y por la excelente imagen que me estaba dejando de los rusos, hasta que un momento dado, le vi quedarse mirando a un grupo de jóvenes más oscuritos que él y luego mover la cabeza de derecha a izquierda con resignación antes de afirmar en perfecto inglés: "These are our Mexicans". Luego me explicó que eran inmigrantes de los países "-stán", como se dice allí despectivamente, y que causaban los mismos problemas que los mexicanos en donde yo vivía.

Sobra decir que se me cayó el alma a los pies: toda mi excelente imagen de mi nuevo amigo ruso se me desmoronó en ese momento. El desprecio racista y xenófobo de su frase me borró la sonrisa de la cara. Acostumbrado a escuchar y leer de vez en cuando comentarios despectivos contra los inmigrantes mexicanos (casi dos millones de los cuales han sido deportados por la administración de Obama y una de sus ministras, que es, desde ayer, la nueva rectora de la universidad donde trabajo), me imaginé las penurias que debían de pasar algunos de estos inmigrantes de los países "-stán" en Rusia, un país bastante menos "políticamente correcto" que Estados Unidos, a juzgar por las leyes homófobas del gobierno de Putin.

Desde ese día, por tanto, el neologismo "Españistán" me dejó de hacer gracia alguna. Sé que el español medio no sabe prácticamente nada de los países "-stán!, aparte de que en su día formaron parte de la Unión Soviética y que tienen algún que otro equipo de fútbol y ciclismo famoso porque hay un millonario suelto por allí que suelta la pasta, pero no por ello se justifica el rancio hedor a superioridad cultural (e indirectamente económica) que, en mi opinión, evoca el término. Vale. Ya podéis todos mandarme un correo electrónico cuando queráis para recordarme lo políticamente correcto que me he vuelto.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Un amigo acaba de colgar en mi muro de Facebook un artículo que resume las cinco maneras más vergonzosas en que EEUU lidera al mundo: en obesidad, gasto en salud, gasto en el parto, uso energético per cápita y gasto en defensa. Este amigo y todos mis amigos saben que yo soy el primero en reconocer lo malo del país en el que he residido la mitad de mi vida, sobre todo si se trata de la política exterior del gobierno. Por cierto, el mismo poco trabajo me cuesta reconocer los defectos del país en que nací.

No obstante, a veces tengo que corregir a gente que habla de un país que realmente no conoce. Y lo curioso es que la gente más vehemente a la hora de opinar sobre la sociedad estadounidense es la que jamás ha puesto un pie aquí. Otros me preguntan incrédulos qué hago yo viviendo en el Imperio desde hace veintidós años, siendo de una ciudad tan bonita como Segovia y "con lo bien que se vive en España". Yo mismo me lo he preguntado más de una vez y la respuesta no es fácil, pero creo que sí ha habido factores influyentes. Uno de ellos tiene que ver con la situación en que se encontraba España en esa época (les sonará familiar): cuando yo salí, también teníamos un 25 por ciento de la población activa en paro. En contraste, en Estados Unidos no había prácticamente paro en mi campo, por lo que las expectativas laborales eran infinitamente mejores.

Pero hay más. Recuerdo mi estado de shock por aquel año de 1991 cuando al ir a sacar un libro en la biblioteca de la Universidad de Georgia, me dijo la bibliotecaria con toda naturalidad que podía sacar todos los que quisiera y por un plazo mucho más largo del que yo estaba acostumbrado. En la Complutense de entonces solo me permitían sacar uno y cuando lo devolvía e intentaba volver a sacarlo a la siguiente, muchas veces el libro había desaparecido misteriosamente. En contraste con mi experiencia universitaria en Madrid (mejor no entrar en mucho detalle…), en Athens (Georgia) mis profesores me invitaban amablemente a charlar en sus horas de oficina y todos ellos sabían mi nombre. Me sorprendió también ver cómo todos los años había exalumnos que hacían ingentes donaciones a la universidad en agradecimiento por todo lo que ésta les había dado en su juventud. En realidad, es posible que sea precisamente la experiencia universitaria a ambos lados del Atlántico lo que me animara que vivir aquí.

Por otro lado, aunque mi experiencia, sin duda, ha sido muy diferente de las de los inmigrantes indocumentados y las de los braceros que vienen a trabajar en el campo, lo cierto en que en numerosas ocasiones a lo largo de mi carrera un grupo de norteamericanos me ha elegido (y sin tener enchufe ninguno) para un trabajo que podría haber hecho perfectamente un compatriota suyo. Recuerdo, por contrapartida, cómo en mis tiempos de universitario, mis profesores ingleses en la Complutense no paraban de quejarse de que les pagaban menos que a los nacionales; estoy seguro de que esas cosas ya no ocurren en España, pero en los años 80, así era. En otras palabras, sería sumamente ingrato no reconocer lo bien que se me ha tratado casi siempre en este país.

Hay muchas otras razones, claro. Una de ellas es que conocí a la que ahora es mi esposa. Y me di cuenta de otra leyendo al peruano Fernando Iwasaki, quien, en su libro El descubrimiento de España (1995), afirma ingeniosamente: "Cada vez que me preguntan si he dejado de ser peruano, siempre respondo que si la 'patria' es la 'tierra de los padres,' la 'tierra de los hijos' todavía carece de sustantivo y acaso sea más esencial y entrañable que la otra. ¿Debo hacer hincapié en que España es la tierra de mis hijos?". California y Estados Unidos son la tierra de mi hija Sofía. Creo que no hace falta decir nada más. Muchos años antes de leer a Iwasaki, un sentimiento similar me llevó a escribir este poemita:

 

               AMÉRICA, TERRA ALENA

               Te doy gracias

               y no por enseñarme

               a ver mi tierra,

               ni a hallarla en otros aires,

               sino por desvelarme

               que en todos los rincones

               del planeta

               hay un exilio.

 

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